Hariella llegó al anochecer al nuevo apartamento, que compartía con Hermes, quien salió de la cocina para recibirla con un cálido beso. Vestía un delantal azul, que le lucía bastante bien. Ya le faltaban unos pocos minutos a la comida, por lo que la invitó a pasar hacia el comedor. Hermes no tardó mucho y luego repartió la cena para ambos. Se sentaron a lado y lado de mesa; él a la izquierda y ella a la derecha. —¿Qué tal tu día en la mansión? —preguntó Hermes, mientras comía. Hariella se mantuvo tranquila, pero en este punto cada mentira se sentía diferente y le costaba decírselas. —Nada nuevo, lo mismo de siempre —respondió, teniendo en sus pensamientos la empresa y no su lujosa casa—. ¿Y tú? —Salí a trotar en la mañana por el parque y después estuve repasando un poco sobre finan

