Si bien un cambio de imagen no lo era todo si me ayudaba me percibía mucho más segura y llena de vida. Lo que veía en el espejo me encantaba y mis hijos me lo hacían saber con sus abrazos y palabras cálidas cada que podían. Mi madre había gestionado que Ivo pasaría por los niños y se los quedaría hasta el domingo por la tarde, dejándome libre casi 30 horas. Esto era algo que jamás había imaginado, tener tiempo para mí, para hacer lo que me gustará me parecía una locura. Pero aún más increíble que mi mamá e Ivo estuvieran poniéndose de acuerdo para esto, siempre habían parecido perros y gatos peleando, con fiereza y severidad, ambos se juzgaban y se reclamaban cosas que no les gustaban uno del otro. —¿Todo está bien? —pregunté mordisqueando mis uñas— ¿Se fueron bien? —Sí hija —contestó

