3. Nuevo mensaje

2334 Palabras
«¿Un café?», fue lo único que podía pensar, ella se veía afectada, tanto o más que yo; no quería dejarla así, era como sí yo misma me abandonará. Sin embargo, tenía que regresar a mi casa, por mi teléfono ya que Ivo dijo que iba a regresar para comer juntos, y tenía una ligera esperanza ante ello, aunque había dicho que bajaría mis expectativas para no salir dañada una vez más, era común que mi esposo no cumpliera lo que prometía. —Perdóname —externó Deniska, antes de pudiera contestar algo—, seguro tienes muchas cosas más que hacer, no te preocupes. —La verdad, tenía que caminar a casa con las compras y tomar un café o darme una ducha —rebatí. —No hace falta que camines —señaló acercándose un poco a mí—, yo te llevo, puedes confiar en mí —Eso, más bien me sonaba a una súplica de su parte, la bella mujer desvió la mirada hasta dar con la pañalera, rebuscó dentro para luego sacar un pequeño chupón y meterlo en la boca de su niño—. Se llama Nikola, su padre dice que no es suyo porqué no se parece a él —sorbió su nariz y se llevó el cabello detrás de la oreja—. Sé que piensas que soy patética y no te juzgo, es lo mismo que pienso de mí, pero la verdad, creo que tengo que contarle a alguien, no tengo amigos, no tengo familia y no quiero cometer alguna estupidez. Las palabras se sentían tan cargadas de emoción que asentí, iría con esa mujer a tomar un café, no solo por ella, sino también por mí. Solo le pedí que me dejará terminar con la lista, en realidad no faltaba mucho, una o dos botellas de vino, toallas femeninas y pasta eran los insumos que completarían mi lista. Ella hizo lo mismo, tomó lo que necesitaba de los estantes y fuimos hasta la caja a pagar. Nunca hacia cosas como esas, en realidad, y me preguntaba sí estaba bien, si en verdad podía confiar en ella o solo me había dado esa impresión. Es decir, me llevaría a mi casa, me subiría en su coche y solo sabía que se llamaba Deniska, y para ser sincera, me estaba arrepintiendo de decirle que sí. Me forme en la línea de cajas, esperando que el hombre que estaba enfrente de mí no tardará en pagar, Deniska estaba formada en la caja contigua y extendía sus compras por la banda automática para que le cobraran, me veía de soslayo para luego sonreír con una ternura inmensa, una ternura infinita en su rostro, como si estuviera resignada a este escenario, cargar con su hijo, sola, sin importarle realmente, ya que amaba a Nikola. Ella pagó primero y me esperó a que yo hiciera lo propio, solo para acercarse a mí con cierta incertidumbre encerrada en sus ojos, su pequeño estaba prácticamente dormido ahora, y ella tenía que maniobrar con sus compras y el bebé; sabía lo que pensaba, aún antes de que me lo dijera, se veía algo agobiada. —No te preocupes, si quieres, dejamos ese café para después —señalé al verla contrariada—. No pasa nada, mujer, sé lo que pasa, pero, vamos, te ayudo a subir las cosas, yo tomaré un taxi. —Perdón —se disculpó una vez más—, la verdad, no suelo hacer este tipo de cosas, es solo que —Se mordió el labio un poco para no dejar salir las palabras que tenía atoradas, agitó la cabeza para finalizar—… Discúlpame, por todo. Dio la vuelta luego de que asentí. Salió del supermercado empujando su carrito de compras, llevando consigo, en brazos, envuelto en una enorme cobija a su hijo, caminando deprisa para que la lluvia, que ahora arreciaba, no les pegará tanto. Yo salí momentos después a esperar a que un taxi se parará en la entrada para regresar a mi casa, de lejos veía como Deniska batallaba para encontrar las llaves de su auto y después para subir a su hijo a la parte trasera del auto, subió sus bolsas llenas de víveres y después abordó su auto lujoso. El taxi se estacionaba enfrente de mí, y el conductor se bajaba para ayudarme a subir las cosas que había comprado, en menos de tres minutos estábamos listos para partir, busqué con la mirada al auto de la pelinegra pero no se veía en el cajón del estacionamiento de antes. —¡Regina! —La voz de Deniska irrumpió entre el sonido de las gotas reventando en el suelo y el motor del taxi. La vi correr en mi dirección, bajando de su auto estacionado atrás del taxi—, te doy mi número, después de todo, nos debemos un café, ¿Tienes donde anotar? —No, yo, olvidé mi celular. Pero… —Giré la cabeza para encontrar, dentro del auto al chofer— ¿Tiene una pluma que me presté, señor, por favor? —El conductor negó con la cabeza, así que empecé a buscar en mis bolsillos algo con lo que pudiera escribir. —Préstame tu mano —demandó mientras sacaba un lápiz labial de una de sus bolsas y comenzaba a escribir su numero de teléfono—, aquí está. Llámame, por favor. Deniska no espero a que contestará, solo se dio la vuelta para subir a toda velocidad a su vehículo y yo abordé el taxi. La vi por la ventanilla tomar la dirección contraria a la que yo me dirigía, me sentí un tanto extraña, pero al menos no estaba tan sumida en mi miseria como antes, esto me había distraído considerablemente. Baje del auto, después de pagar para entrar a mi casa, cargando las bolsas sin importar que me mojará, ya pronto tomaría un baño de agua caliente para librarme del frío, pero antes, ordenaría las cosas en la alacena y me quitaría el abrigo mojado para no gotear por toda la casa. Dejé el abrigo en el cuarto de lavado al igual que las botas, para luego poner a llenar la lavadora, realizando diez actividades más de la que originalmente tenía prevista, de la misma forma en la que había visto a mi madre durante toda mi infancia. Ella, mi mamá, dejaba el alma por cada uno de sus cuatro hijos, incluida yo, se levantaba antes de que saliera el sol, aunque no hubiese dormido bien, aunque no hubiese dormido nada; cocinaba, lavaba, planchaba y criaba sola a sus hijos, pese a que mi papá, en esas épocas aún estaba casado con ella, pero sencillamente la responsabilidad de éste terminaba al entregar el dinero cada semana en la mano de mi mamá, o tal vez regañarnos cuando mi mamá lo creía necesario. Recuerdo perfecto las mil veces que mi mamá le pidió que hablara conmigo o con cualquiera de nosotros y su contestación de siempre fue: “hazle caso a tu mamá”. Conocí a mi madre cuando ella estaba recién iniciando sus 20 años, recuerdo que ella era hermosa y que, con el paso del tiempo, se había ido marchitando, no solo la piel se le arrugaba, o el cabello se le blanqueaba, sino que su forma de ser se tornaba arrogante, rígida y a la defensiva. Recuerdo escucharla llorar mientras ponía la carga de la lavadora, después de salir a las compras bajo la lluvia, tal como yo, hoy. Suspiré y caminé desnuda por toda mi casa hasta llegar a mi habitación para tomar la bata de baño. El lápiz labial rojo que me puso Deniska flotaba en mi antebrazo, como pidiendo que no olvidará anotar el número en algún otro lugar. Tomé mi celular para guardarlo y enviarle un w******p para que ella también tuviera el mío mientras me ponía una bata de baño. Aproveché para preguntarle a Ivo cómo estaban las cosas, para saber cuanto tiempo tenía para arreglarme y hacer algunas otras cosas, por su puesto no me contestó, solo me dejo en visto, pero aquello era normal, los últimos años solo me enviaba algunas cosas relativas al trabajo, como para no perderlas de vista, o preguntaba por los niños y de vez en cuando me preguntaba si había comida en la casa o si podía llevarle algo de ropa o algún documento olvidado al trabajo. Le pedí a la asistente inteligente que pusiera “No pide tanto, idiota” de Maldita Nerea, y me dispuse a dejar correr el agua caliente para llenar la bañera, mientras realizaba algunas otras labores domésticas y esperaba la respuesta de mi esposo. Regresé a la cocina para ordenar las compras aprovechando el tiempo. La voz robótica del dispositivo me notificó un mensaje entrante, le pedí que lo leyera. —Abriendo mensaje de Ivo —espetó in emoción la voz para luego, quedarse en silencio unos segundos—… Salgo como en una hora y media. Te llevo a tu lugar favorito. —Alexa, responde el mensaje —ordené—, escribe: Está bien, te espero. Envía y luego ponle un emoticono de carita feliz —solicité mientras colocaba las cosas en los estantes de la alacena y apartaba las que irían a mi cuarto. —El mensaje ha sido enviado y recibido con éxito, pero no te han contestado nada —«Bien, ahora un robot me hace sentir miserable» pensé mientras reprimía un suspiro—, ¿Quieres que siga reproduciendo la misma canción? Porqué puedo sugerirte una lista de canciones relacionadas con relaciones complicadas. —Sí, reproduce las canciones sugeridas, gracias Alexa. Por favor, pon también un recordatorio para las 10 pm, una llamada con mi madre —Quería hablar con mis hijos, pero en la mañana que lo intenté, estaban desayunando en un buffet, así que no los molesté, solo me aseguré que estuvieran bien y colgué la videollamada. —Entiendo. ¿Necesitas algo más? —La asistente inteligente indagaba sobre mis peticiones. —No por el momento —finalicé. Regresé al baño para ducharme tranquila, puse algunas burbujas toqué el agua, dispuesta a disfrutar unos minutos de mi compañía con un libro y una copa de vino. Me quité la bata del baño y la deje cerca para cuando saliera, me acerqué al espejo, solo para alcanzar mi exfoliante, pero el reflejo me reclamo atención. Mi cuerpo había cambiado, estaba a prácticamente a dos años de cumplir los 40 años, mi estómago colgaba un poco, pese a que el esfuerzo de mantenerme comiendo prácticamente solo vegetales era una rutina desde hacía ya varios años; las estrías de mis pechos y el vientre, donde llevé a mis hijos, eran visibles; la piel se me estaba avejentando, pese a mis esfuerzos por mantenerla tersa, el paso del tiempo me dejaba su rígida huella, cómo hablándome fuerte y claro; algunas manchas pequeñas comenzaban a aparecer y al igual que las arrugas, las canas comenzaban a reclamar más terreno en mi cabello. Se me estaba yendo la vida entre las manos. No sé en qué momento me eclipse tanto, en mi cabeza yo me seguía viendo… diferente y al momento, mi imagen en el espejo, me reiteraba mi error. El estómago y el corazón se vieron de pronto pinchados por la desesperación y la angustia, el aire se tornó pesado, haciendo difícil la tarea de respirar provocando, en consecuencia, que desviará la mirada, solo para estancarse en la piel de mis piernas, con algo de celulitis y flacidez. El agua de la tina me reclamó, inconscientemente no podía quedarme perdida en mis pensamientos, estaba tan pendiente de mi entorno, ya que, después de todo era mi responsabilidad que cada cosa saliera bien, así me lo había enseñado mi madre con su ejemplo y mi padre lo había mencionado en más de una ocasión; era mi deber hacer que la casa fuera un hogar, que mi matrimonio fuera hermoso y que mis hijos fueran exitosos. Mientras me metía a la tina, me quedé con la sensación de que tal vez era tiempo de pensar en ahorrar para inyectarme botox o que tenía que hacer alguna otra cosa para no verme tan acabada, tan insípida y triste. Tal vez era por eso que ahora, mi esposo, no me volteaba a ver. Y es que, a diferencia mía, él, se había puesto mucho más guapo con el paso del tiempo, a él las canas que le salían, le hacían ver mucho más maduro; a mí, en cambio, me hacían ver vieja. Lo que tenía que ser un baño relajante terminó siendo una inspección minuciosa de cada parte de mí, dispuesta a ver las posibles mejoras que mi cuerpo podría tener. Nunca me había pintado el cabello, pero, quizá ya era hora de hacerlo, o tal vez tendría que ir a un SPA o cambiar de tratamientos de belleza. Repose mi cabeza en el filo de la bañera, sopesando la idea de tener la culpa de todo lo que estaba pasando, tal vez era yo la que había dejado de parecerle atractiva, interesante, valiosa. El corazón se me volvió a estrujar en los adentros y en un impulso grotesco de hundí en el agua caliente, esperando que se llevará todo este malestar. En el fondo me sentía tan vacía que no sabía como llenarme de nuevo. «¿En qué momento me perdí?» me preguntaba mientras recordaba lo diferente que era en la universidad y toda aquella época, los mejores años de mi vida, según la gente, se me habían pasado, no había construido una carrera, ni sabía hacer otra cosa más que dar clases y estar al pendiente de mis hijos. «¿Cómo llegué a convertirme en esto? ¿Qué estoy haciendo mal?». —Tienes un nuevo mensaje —La voz robótica me alertó haciendo que saliera de mi húmedo escondite. Inhalé tan fuerte como pude para luego pasear mis manos por mi cara con el fin de llevar hacia atrás todo mi cabello dejando fluir mi respiración.
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