—Traélo aquí, Dante —le pedí, extendiendo los brazos. Él se acercó y, por un instante, mientras me pasaba al bebé, nuestras manos se rozaron. Ya no hubo el chispazo de rechazo, ni la necesidad de apartarme. Hubo una conexión eléctrica, un reconocimiento silencioso de que éramos los supervivientes de una guerra que nosotros mismos habíamos provocado. —¿De qué hablaban? —preguntó Dante, sentándose en el brazo de mi sillón, su mano posándose de forma natural en mi hombro, reclamando su lugar. —De destinos, Dante —respondí, mirando a Alexander, que soltó un suspiro en sueños—. De cómo las jaulas de oro a veces tienen las mejores vistas. Dante me miró fijamente, procesando el sarcasmo oculto bajo mis palabras. Sabía que no le estaba dando un cheque en blanco, que mi perdón era una negociaci

