Me quedé mirándolo, sintiendo cómo mis celos se transformaban en una satisfacción oscura. Sabía que le había dado donde más le dolía: en su necesidad de control total. Pero también había visto la verdad en sus ojos. Él no quería a nadie más. Estaba tan encadenado a mí como yo a él. —Entonces pórtate bien, Dante —le dije, recuperando un poco de mi sarcasmo mientras alisaba las solapas de su camisa—. Porque una leona no comparte a su presa. Y si vuelvo a verte sonreírle así a otra, Alexander y yo no estaremos aquí cuando regreses. Dante soltó una carcajada ronca, una que esta vez sí era honesta, cargada de una admiración amarga. Se separó de la pared, dándome espacio, pero manteniendo su mano posesiva en mi cintura. —Eres un dolor de cabeza constante, bailarina. Pero eres mi dolor de cabe

