Me acerqué al ventanal. Me sentí completamente sola, aislada por el lujo y la altura. Mi atención se desvió hacia su escritorio, donde había dejado su saco y su corbata. También había un teléfono de oficina de apariencia severa. Me pregunté qué pasaría si lo usaba para llamar a la policía, o a Gianna. No. Dante habría desconectado las líneas externas. Cualquier acto impulsivo solo confirmaría su control sobre mí. El estómago me rugió, patético, rompiendo mi concentración de estratega. Tenía hambre, mi cuerpo me exigía combustible, no drama. Justo en ese momento, un golpe seco y rápido resonó en la puerta de ébano, no una llamada, sino una orden. —¿Señorita Moreau? Es la hora del desayuno —La voz era femenina, pero formal y sin emoción. Me acerqué a la puerta, mi cuerpo tenso. —La pue

