CAPÍTULO TREINTA Y SIETE Avery estaba sentada en la mesa, y O’Malley y Connelly estaban del otro lado frente a ella. No mucho había sucedido en las dos semanas luego de su escape de la casa de Roosevelt Toms. De hecho, lo único que se sentía diferente para Avery era la cicatriz dolorosa y descolorida en su pierna. Se las arregló para salir de ese infierno con nada más que una quemadura de segundo grado y la fatiga causada por la inhalación de humo. Aparte de eso, todo seguía igual. Eso incluía la decisión que O’Malley le dio a tomar hace dieciséis días. Ella trató de concentrarse y de sacar los recuerdos de las llamas de su mente. “Un ascenso”, pensó. “Me gusta lo que hago ahora mismo. Si tomo el cargo de sargento, tendré que lidiar con más política. Pero el respeto... el sentido de lo
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