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2437 Palabras
2 Acabo de salir del examen de cálculo, creo que casi me muero tratando de resolver tanto ejercicio. Afortunadamente no soy bestia y pude sacarlos todos adelante. Pero yo no sé por qué carajos te tienen que meter tanta cosa inútil en la cabeza. Si una va a ser abogada, periodista, actriz, guitarrista o dj, ¿para qué diablos te sirve aprenderse toda esa carreta? Con que sepas sumar, restar, multiplicar y dividir es suficiente. Ni que fueras a ser física nuclear en la Nasa. Nunca me ha gustado el sistema de educación de este país. Se me hace que es obsoleto y de corte milico religioso. Es que esa madrugadera tan verraca, disque a las siete de la mañana toca estar formando en la plazoleta del colegio. Eso hace que me tenga que levantar a las cinco de la mañana, cuando hasta las gallinas todavía están en el quinto sueño, correr a bañarme, ponerme el uniforme, bajar a desayunar, embutirme todo en diez minutos, despedirme de mis progenitores, o sea mis papás, y volar una cuadra y media hasta el paradero del bus del colegio porque si no llego a tiempo me deja y se vuelve el drama: se le paran los pelos a mi mamá porque tiene que alistarse a la carrera para irme a llevar. Es que los que han madrugado toda la vida han sido los milicos, o sea los militares, y los religiosos, monjas y curas. Y quieren que todo el mundo sea como ellos. El colmo, y eso que mi colegio no es de religiosos, si no ya me habrían echado. Pero yo me pregunto: ¿para qué madrugar tanto? ¿Acaso no se puede empezar a vivir a una hora más civilizada? No la dejan a una chatear hasta tarde con las amigas porque paila, al otro día tienes que estar de pie cuando la noche todavía no ha terminado de cumplir su función. El caso es que el tonto hermoso del Felipe no tenía ni idea de cómo responder el examen. ¿Será que es igual de bestia en la cama? Me pongo a reír de solo pensarlo. El tipo no hacía más que tratar de copiarse de Andrea, y eso que esa monita divina tampoco es que tenga mucha idea de la materia, pero bueno, supongo que para alguien como Felipe el sacar dos sobre cinco en la calificación del examen es mejor que sacar uno. ¿Será que como los dos son casi iguales de brutos, por eso se la llevan bien? Es una hipótesis más que decente. El caso es que Juliana, mi mejor amiga, me acaba de invitar a su casa. Me tocó decirle que no puedo ir por aquello de mi cita donde el psicólogo. Lógicamente yo no le dije que iba donde el loquero, porque ya suficiente tengo con la famita de zorra que tengo como para sumarle que también me digan loca, bipolar o quién sabe qué más cosas. Yo le inventé que tenía cita odontológica, aunque no sé si se lo creyó. Es que miren les cuento algo: mi dentadura es perfecta, que pena la modestia. Pero para que sea perfecta, soy de las pocas que se cepilla los dientes cinco veces al día y eso Juliana lo sabe. Entonces si le ponemos lógica al asunto, ella se preguntará que una nena con unos dientes como los míos para qué cuernos tiene que ir al dentista. A la larga no me importa si me cree, total, ella no es la que me da de comer y mucho menos me compra la ropa. Juliana es buena gente, como decían los amigos de mi antiguo barrio cuando no querían decir que una vieja, o nena, o chica era fea. Pero no, Juliana de fea no tiene un pelo. ¿O acaso cuando han visto que la mejor amiga de una hembrita como yo tenga una amiga fea? Nunca, sobre todo si han visto series de televisión gringas. Pero en el mundo real tampoco, o por lo menos eso es lo que se ve en mi colegio gomelo o de niños ricos, niños bien, fresas como dicen en México. Básicamente, yo soy una gomela o una fresa. Pero no me las doy por eso, porque tanto como soy rebelde, bisexual, lesbiana si así quieren pensarlo, también soy muy sencilla, pero eso es otro tema. Por ahora, volvamos a Juliana. Ella es bonita, de ojos cafés pero grandes y llamativos, pelo que le llega hasta los hombros, liso y de color castaño claro. Buen cuerpo y tiene la mejor de las sonrisas. ¿Qué si me gusta? Sí, me fascina, pero ella es straight, o sea que no le gustan las mujeres, solo los tipos. Con esto quiero confesarles que nadie en el colegio sabe de mis gustos por las mujeres, ni siquiera ella, de lo contrario no sería mi amiga. ¡Qué actuación tan hijuemadre la que he montado durante todos estos años para que nadie se entere! Lo cual es otro de mis problemas. Aparte de que nadie sabe que las nenas me atraen, que he tenido que disimularlo, de no mirarle las piernas a Andrea cuando intenta trotar en clase de educación física, de mantener una mirada inocente cuando se cambia en los camerinos después o antes de la clase, también me he ganado una fama que no merezco y es la de que soy la más puta de todas. Eso ya lo había dicho, pero es que la vida es triste, así tengas el billete para los tres golpes diarios, como dice el conductor de mi papá. Les cuento que yo de puta no tengo nada, mucho menos de zorra, de perra o de zunga. Todo ha sido un mal entendido, una prolongada escena de aquellas al estilo de "cariño, no es lo que parece", cuando el tipo encuentra a la esposa acostada con el mozo. Algo así pero no así. Sí, esa es la cruz que yo cargo. Pero eso se los cuento después porque aquí viene Felipe, rascándose la cabezota y con cara de que hubiese acabado de salir de su segundo tour de servicio en Afganistán. –Wen, ¿cómo te fue? –definitivamente este man es un bizcocho. Tiene el pelo n***o y liso, lo lleva corto, pero no tan corto. Tiene los ojos azules, la piel blanca, nariz recta, boca de tamaño normal pero de labios sensuales, como dice mi mamá; la mandíbula cuadrada como la del actor que hacía de Supermán antes de caerse del caballo y quedar jodido. –Supongo que bien, no estaba tan difícil –le contesto sabiendo que no le van a gustar mis palabras, que va a pensar que soy la más sobradora de todas. –¡¿Qué no?! –acaba de abrir los ojos como si le fuera a echar gotas. –Es que toca estudiar, pero como no quieres dejar que te ayude –de pronto por este tipo de frases tan lanzadas y hasta sugestivas es que tengo fama de zunga; la verdad es que yo pongo cara y voz vaginal cuando le hablo a este hombre. –Ya sabes que tengo novia, una nena de otro colegio –me mira como si le hubiera propuesto irnos nadando hasta Australia. –Pero eso no parece ser razón para que no le quites de encima tu mirada de viejo verde a Andrea. –Nada que ver, ella es bien, pero no… –¡Uy, sí! A actuar a Broadway… Apuesto a que si ella te diera la oportunidad caerías rendido a sus pies –pongo mi mano en su brazo por dos segundos y la retiro antes que se riegue el chisme de que daría mi vida por comérmelo. –Ya deja, más bien acompáñame a fumar –empieza a caminar hacia la zona donde todo el mundo se esconde para pecar, el típico sitio del colegio donde se puede hacer todo lo prohibido, como besarte con el que quieres, fumar lo que te dé la gana, inclusive comprar y vender toda clase de mercancías; bueno, no vas a conseguir la mini Uzi o un lanza granadas, pero siempre va a ver quién te venda algo de droga o el modelo más reciente de audífonos inalámbricos. Llegamos al lugar, que se esconde detrás del cuarto de la planta eléctrica, entre un muro que da al exterior del colegio y una montañita cubierta de césped que se eleva un poco más de tres metros y que sus laderas han sido testigo de varios apareamientos; bueno, de pronto no tanto como eso, aunque nunca se sabe. Miro alrededor y solo hay dos tipos de un curso inferior hablando. Me parece que están armando un porro o cigarrillo de marihuana. –Préndelo –me dice Felipe pasándome un cigarrillo Marlboro. Detesto fumar, me mareé la primera vez que lo intenté e inclusive la segunda, pero en este momento soy una imbécil que solo quiere darle gusto al papito más lindo del universo. Le recibo el cigarrillo y con propiedad fingida me lo llevo a la boca. Felipe saca un encendedor plástico de color rojo, lo enciende y lo arrima al cigarrillo y yo hago el oso total al atorarme y empezar a toser como si me hubiera revolcado la más alta y grande de todas las olas. –¿Todavía no aprendes a fumar? –su patética sonrisa burlona la siento más dura que el taladro del man que hace los arreglos locativos en la empresa de mi papá. –No es eso, es que esa marca… –digo sin saber qué más inventarme. Eso me pasa por hacerme querer pasar por la más sobrada de todas. –¿Qué pasa? O es que quieres que te de Pielroja? –me quita el cigarrillo de la mano y con la propiedad mostrada por el modelo de los antiguos comerciales del hombre Marlboro, se lo lleva a la boca y lo enciende. –No, el único que me gusta es More. –Estás loca si crees que eso lo vas a encontrar en este país. –¿Qué culpa si me gusta lo de afuera? –Wen, ¿tú sabes si Andrea va a ir al cumpleaños de Juliana? –me pregunta después de dar un par de bocanadas de su cigarrillo. –¿No que tienes novia? –No seas ridícula, solo quería saber… – me dispara una mirada llena de desprecio, como dice mi tía: "si las miradas mataran…" –Para qué, ¿a ver si puedes llevar a tu novia o si mejor la dejas en su casa bien dormidita? –me divierte joderle la vida. Él sabe que me gusta, que me muero por él, pero esa injusta fama de putica que cargo, además de que hay tipos que las prefieren rubias, tan rubias como Andrea, es lo que me tiene pariendo borugos. –¿A ti cuánto te pagan por ser así de cansona? –dice el tipo antes de volver a fumar. –¿Y a ti cuánto te pagan por creer en lo que no es cierto? –pongo mis manos en la cintura como si fuera una vieja en chancletas y rulos dispuesta a regañar a su hijo malcriado. –¿De qué estás hablando? –me mira como si en verdad estuviera perdido. –Tú ya sabes, no te hagas el imbécil. –Te juro que no –acaba de hablar, bota la colilla del cigarrillo y la termina de apagar con la punta del zapato. –Pues… –no sé si decírselo, pero qué más da…– pues de lo que dicen de mí. –¿Que dice quién? –me gusta cuando arruga la frente y pone esos ojos como si fuera un personaje de historieta coreana o japonesa. –Todos en este colegio –arrugo la boca, como dándole a entender que lo que dicen de mí no es nada bueno. –Que… ¿que estás divina…? –¿En serio eso dicen? –¡Ay, Wen!, no te hagas la idiota, todo el mundo lo sabe, tú misma lo sabes. –Pero no me refería a eso –me da gusto, demasiado gusto que digan eso de mí, si es que no dijeran lo otro. –¿Entonces se puede saber de qué carajos estás hablando? –Eres tú quien se está haciendo el idiota –muevo la cabeza de lado a lado. –Mira, me caes demasiado bien para decirte cosas feas. Además, lo importante es lo que tú pienses de ti misma. Ahora me sale con frasecitas de consejero espiritual. Yo ya sé que no soy puta, que ni siquiera sé lo que es acostarse con alguien y mucho menos hacer algo como lo que siempre he soñado hacer. Lo que necesito saber es su opinión acerca de mí y de lo que dicen de mí. –Yo pienso muy bien de mi misma, pero quiero saber lo que los demás piensan de mí, lo que rumoran de mí y sobre todo si tú les crees. –¿Y para qué quieres saber todo eso? –da cuatro pasos y se sienta sobre el césped de la ladera de la montañita. –Es que creo que están diciendo cosas que no son ciertas –me siento a su lado de una manera en que mi falda escocesa azul con blanco sigue tapando todo lo que debe tapar. –Si no son ciertas, no tienes por qué preocuparte. Ahora este tipo me salió filósofo: lo que no ves no existe o lo que no conoces nunca ha existido… –¿Te da mucho miedo decírmelo? –Ya te dije que piensan que estás rebizcocha, que eres la súper mamacita, eso y pues… –se queda mirándome directo a mis ojos esmeralda, como dice un amigo de mi papá que tiene cara de político corrupto–, y pues que… que eres una pelada fácil… –al acabar de hablar baja la cabeza por un par de segundos y al volverla a subir le pregunto: –¿Y tú crees que eso es verdad? –no me importa lo que digan esas perras envidiosas o las nerdas del salón, solo me importa lo que piensa Felipe. –Si todo el mundo lo dice, debe ser por algo… –no le doy tiempo de que termine la frase; le doy una sonora bofetada en la mejilla, me paro furiosa y salgo de ahí no sin antes decirle–: soy tan fácil y tan zunga que ni tú ni nadie de este maldito colegio jamás me van a tener.
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