Summer
Quietud.
Fue el sentimiento que embargó mi cuerpo al escucharle decir que nos marcharíamos, al subir al coche y emprender el viaje de vuelta a casa. Aún era temprano, pero lo que habíamos venido a hacer, ya estaba hecho. Dejamos Central Park, en una dirección totalmente opuesta a la que se suponía, debíamos tomar para llegar hasta mi casa.
—Este no es el camino a mi casa, señor Harper. ¿A dónde me lleva?
—A la mía.
—No tengo nada que hacer en su casa a estas horas. Llévame a casa.
—¿Crees que voy a cruzar la ciudad para llevarte a tu casa?
—Son solo 6 minutos en coche.
—Por lo mismo. Tengo demasiadas habitaciones en casa y estoy cansado.
—Pare el coche —exclamé, pero siguió conduciendo como si no hubiese dicho nada —¡Pare el coche!
Cuando por fin hizo lo que pedí, bajé del vehículo y ordené un taxi que me llevara a casa. ¡Su casa, por Dios! ¿Pero quién se cree que soy? No me metería en la boca del lobo solo porque le tuviera ganas. Harper era un caos, y yo ya tenía suficientes.
Llegué a casa a los pocos minutos. Abrí la puerta para encontrarme a Nana, sentada viendo a Enola Holmes por enésima vez.
—¿Se ha ido tu madre?
—Sí, y la tuya ya duerme. Por cierto, ha llegado el recibo de… ¿Y a ti qué te ha pasado? —Preguntó despegando los ojos de la pantalla.
—Bella Donna, Clara Bell, y un idiota llamado Harper.
— ¿Has estado en Bella Donna, Sum? Espera ¿Cómo así que Harper?
—Me ha hecho acompañarle a uno de esos eventos a los que no suele llevarme. Me ha amenazado para que me ponga este vestido y ha intentado llevarme a su casa.
No sé cómo fui capaz de pensar que, con un simple resumen, Hanna se quedaría tranquila. No me fui a la cama hasta que le conté todo, solo para terminar dando vueltas sobre ella, patalear y suspirar por las idioteces de mi jefecito.
«Significa que debo hacerme a un lado». «Encerrarla en casa como mi esposa».
***
—Qué bueno encontrarte, pequeña salvaje.
La última persona que quería ver en el día se encontraba frente a mí. Esperaba que el comentario de Iván sobre Eric, interesado en mí, formase parte de una de sus tantas bromas, porque escuchar su voz, me sacaba de mis casillas.
No tenía los espejuelos en su lugar, tampoco los lentes de contacto y así lo prefería. Me evitaba tener su nítida imagen delante de mí y eludí el tener que mirarlo. Lo ignoré, y eso haría siempre que me fuese posible.
—¿No piensas mirarme?
El sonido de Harper nunca estuvo tan oportuno.
—Diga, señor —contesté a través del interfono.
—Altavoz.
Presioné el botón para que Eric lo escuchara. Tal parecía que lo había percibido del otro lado de la puerta.
—¿Quieres entrar de una vez? Llevo veinte minutos esperando por ti —su tono de voz era áspero y demandante; y sonreí descaradamente en dirección al imbécil. No podría describir a detalles su expresión, pero me atrevería a apostar que estaba rodando los ojos ahora mismo.
—¿Has vuelto a ver a Ivy, cabrón? —mi sonrisa se esfumó de golpe ante la mención de la desconocida.
—Hoy es jueves.
—Si así está hoy, no querré verlo mañana —murmuró por lo bajo, pero no tanto como para que no lo escucháramos.
—Cierra la boca y mueve tu trasero aquí. Necesito información.
Estaba claro que debía detener las fantasías en mi cabeza. Las acciones de Iván durante la noche anterior no fueron más que otro de sus juegos. Jugar conmigo, ese nunca dejaría de ser su pasatiempo y yo, era una tonta esperanzada. Moví mis manos por encima del escritorio tratando de localizar mis espejuelos. Las lágrimas acumuladas empeoraban mi visión y necesitaba salir de allí antes de que alguien me viera llorando, por nada.
Una vez localizados, fui al baño y me encerré en uno de los cubículos. Encogí las piernas sobre el retrete y apoyé mi frente en ellas, dejándome consolar por las hebras de cabello que caían alrededor. Estuve allí por lo que creí una eternidad, lo que resultó no pasar de los quince minutos según el reloj en mi muñeca. Salí del cubículo, lavé mi rostro todo enrojecido y me quedé unos minutos delante del espejo. El único rastro de la noche anterior eran unas sutiles ondas en mi cabello a punto de desaparecer, lo había dejado suelto esta mañana con la intención de que causara alguna impresión en él. Pero llegó y se encerró en su oficina sin siquiera dar los buenos días. Lo recogí en el típico moño alto que siempre llevaba, solo que esta vez no traía goma y quedó más chueco que de costumbre. Total, ¿a quién le importa como vayas?
“Esta eres tú, mi Sum. Perfectamente descuidada y así te amamos”.
La mayor parte del tiempo, amo a mi subconsciente.
Volví a mi escritorio e hice mi trabajo hasta que fui llamada por mi jefe. Entré en su oficina con la esperanza de que Eric no estuviera allí, pero se la comió el burro al verlo sentado frente a Iván.
—Necesitamos que hagas algo por nosotros. Hay unas muestras que nos urgen para mañana a primera hora en el laboratorio central. ¿Puedes ir por ellas?
Lo miré, pero él no me observaba mientras hablaba. Sus ojos permanecían pegados a la pantalla del ordenador y sus manos, al teclado.
¿Me estaba preguntando si podía?
—¿Le estás preguntando en serio? Claro que puede. Puede y lo hará. Yo la llevo —ofreció Eric. Estaba demente si pensaba que me subiría a su coche—. Así terminamos lo que empezamos la otra noche, mi Sum.
Si vuelve a abrir la boca con respecto al tema, comenzaré a romper unas cuantas reglas —pensé.
—Eric, todavía tienes que ir a verificar el envío que pedimos.
—Puedo hacerlo después de dejarla en casa.
—No necesito que…
—Entonces, llévate a tu secretaria, si tanto tiempo tienes, la mía se queda.
Crucé mis brazos y me senté en una de las sillas, esperando a ver en qué momento podría manifestar mi opinión al respecto en aquella discusión de niños.
—No quedamos en eso.
—No quedamos en nada. Además, Summer también sale temprano hoy. ¿No es cierto? —giró su rostro en mi dirección. Pero tuvo que mirar dos veces por alguna razón.
Asentí. Con una mirada y un levantamiento de cejas hacia su amigo, este último salió de la oficina, no sin antes recomendarle a su amigo que esta noche le arrancara la máscara a la tal Ivy.
Lo vi marcharse hasta cerrar la puerta, agradecida de no tener que ir a ningún lugar con él.
—Pensé que habías venido con el cabello suelto.
Sentí su mano introducirse entre las hebras de mi cabello, deshaciendo completamente el moño que, a pesar de no estar sujeto, permanecía en su lugar. Me puse de pie inmediatamente y caminé en dirección a la puerta. No permitiría que se burlara de mí nuevamente. Sin embargo, terminó volteándome justo cuando llegué a ella. El frío de la madera abrazó mi piel, incluso por encima de la ropa. Me quedé mirando sus ojos cafés; quería descifrar el porqué de su actuar, pero no tenía idea de lo que me revelaban. Nada más allá de la incertidumbre.
Se deshizo de mis espejuelos y colocó sus manos sobre mi rostro, dejando solo mis ojos al descubierto.
— ¿Qué haces en las noches, Summer Lennox? ¿Qué haces cada jueves al salir de esta oficina?