CAPÍTULO 1: Conocerte

1479 Palabras
Iván Sostuve en mis manos el último proyecto que debía revisar. Algo importante, pero nada que no pudiese esperar a llegar a casa para ser corregido. Era un hombre meticuloso, o al menos, así me consideraba, pero de un tiempo para acá había aprendido que en ciertos días era bueno posponer el trabajo por unas cuantas horas. Era jueves en la tarde, el día en que salía temprano de la oficina, no importaba qué. Sin pensarlo más, introduje la carpeta dentro de mi portafolios y salí de mi oficina camino al estacionamiento. Una vez allí, prendí el coche y salí del edificio, no sin antes toparme con mi torpe secretaria. Una chica sin gracia que, al igual que yo, tenía días fijados para salir temprano del trabajo. Uno de ellos era el jueves; lo exigió en su contrato. Su apariencia desaliñada daba la impresión de que su vida era un caos. De no haber sido porque tenía un currículum que cualquier empresa aceptaría a la primera y una recomendación que hablaba maravillas sobre su trabajo y responsabilidad, no la hubiese contratado en primera instancia. Ahora llevaba tres años a mi lado. Torpe, aunque no en el trabajo. Creo que nunca había tenido una secretaria tan descuidada consigo misma. Cada jueves salíamos a la misma hora y casi siempre la veía correr desesperadamente hacia la parada del bus. Reduje la velocidad del coche cuando su bolso cayó al suelo y maldijo en voz alta, haciendo que todos alrededor voltearan a mirarla. Reí al recordar cómo mis amigos se burlaban de ella cada que venían a visitarme a la oficina y ella me observaba, reprimiendo las ganas de mandarlos a besar culos porque tenía un jefe con un carácter de mierda —lo cual solo sucedía dentro de la oficina. Ella era diferente, demasiado distinta a la chica que me hacía dejar todo el trabajo de lado cada jueves en la tarde. Nunca pensé que una mujer sería capaz de atraparme, de envolverme tan seductoramente en un juego de misterio. Y volví en mis recuerdos. Memorias imborrables del día en que la vi por primera vez: —Quiero conocerte. No había tenido el coraje de acercarme a ella. Un mes. Había transcurrido un mes desde que acudí al bar con mis amigos —los mismos que se burlaban de mi torpe secretaria de espejuelos permanentes. Quedé hipnotizado desde la primera vez que la vi bailar. Desde entonces, cada jueves en la noche asistía al lugar donde estaba seguro de que la encontraría. Ella, una mujer de sedoso y bruno cabello, ojos aparentemente rasgados y mirada seductora. No conocía su nombre en aquel entonces. Ahora la chica que se colaba en mis sueños con su danza exótica tenía uno. Me había encargado de averiguar. Ivy, se llamaba Ivy. No fue difícil hacerlo cuando era la perla del bar. Y era todo cuanto tenía. Un nombre, una cabellera oscura que parloteaba con el escaso viento que corría dentro de las paredes de aquel bar mientras bailaba. Eso, y un rostro desconocido. Me detuve frente a ella. Desde esa posición su mirada ya no lucía tan seductora. Y me pregunté si eso formaba parte de su espectáculo. —No me acuesto con desconocidos. Mi trabajo no es complacer las bajas pasiones de los clientes, señor —aclaró ella con voz queda. Era la primera vez que me acercaba a ella. Siempre la observé a lo lejos, pero cuando la tuve frente a frente ella creyó que quería llevarla a la cama en ese mismo instante. No voy a negar que tenía el deseo tatuado en mi mente y en otras partes de mi cuerpo también. Ante todo, soy hombre. ¿Saben lo que es despertar cada mañana con una erección del demonio debido a una desconocida que se mete sin permiso en tus sueños? Yo sí. Una mirada inquietante, un rostro incierto. Deseé conocerla con más fervor. Pero ella continuaba sin intención de entablar una conversación con un desconocido, emprendió su camino de vuelta hacia los camerinos, supuse. — Lo sé. No es mi intención —dije avanzando hacia ella. No me di cuenta en qué momento la había detenido tomándola del brazo. Miró hacia allí y la solté. —Entonces, ¿qué quiere de mí? ¿Qué podría ofrecerle yo? —Ya lo he dicho. Quiero conocerte. ¡Y vaya que me ha costado conocerla! Al día de hoy solo había obtenido un par de datos vagos sobre su familia. Vivía con alguien a quien debía cuidar, ya que esa persona estaba enferma. Por eso trabajaba como bailarina en ese bar. No tenía idea de la identidad de esa persona, aunque esperaba que no se tratase de un hombre en su vida. Su dirección, su pasado, qué hacía durante el día, a qué se dedicaba en las noches que no bailaba. Todo aquello continuaban siendo un mundo desconocido para mí cuando por estúpido acepté su única condición el día que me aceptó una copa: «No preguntes por mí. No hasta que sea yo quien te cuente, quién soy y a que me dedico». Acepté. Accedí a su condición con la esperanza de poder hacerla, cambiar de opinión luego. ¡Jodida mierda! Han pasado seis meses de eso y su rostro continúa siendo un jodido acertijo para mí. ¿La conocía? La verdad es que no. Lucharía por conseguirlo, pero más allá de eso deseaba verla otra vez y hoy, había llegado tarde gracias a que mi coche se averió de camino. Caminé por el largo pasillo que conducía a los camerinos. Con un gesto de la mano saludé al dueño del lugar, quien estaba a punto de entrar a su oficina mientras yo alzaba la mano contra la puerta de Ivy. — Has llegado tarde esta vez. Mi show se ha acabado ya —murmuró de espaldas a mí cuando entré. Estaba a medio vestir, su largo cabello oscuro cubría la mayor parte de su espalda desnuda y deseé que también se hubiese deshecho de aquel pedazo de infierno que no me dejaba ver su rostro. —Ivy, mírame. Sí, volteó su cuerpo lentamente hacia mí, no sin antes cubrir sus pechos desnudos con su cabello. Había frecuentado bares, mujeres que no conservaban el pudor ante mí. Pero esta chica parecía no encajar en este mundo. Dijo que su trabajo consistía solo en bailar, no la satisfacción de los clientes. Seis meses desde que nos conocimos, cuatro desde que me permitió perderme en su cuerpo por primera vez. Con su mirada clavada en la mía me acerqué, tomé su cabello y lo aparté. —No tienes que esconderte de mí, Ivy—anuncié por enésima vez. Detallando la máscara que formaba parte de su atuendo de esta noche. Al menos esta me dejaría admirar la preciosa curva de sus labios. Los recorrí con mi pulgar sintiendo la suavidad de su carne mientras ella cerraba los ojos. —Te he estado esperando, Iván. Hazme olvidar, por favor. Siempre las palabras correctas. Podía haber desistido de todo esto, darme por vencido con una mujer que no se atreve a develar su identidad ante mí. Pero algo en su mirada, en su forma de actuar, me hacía querer quedarme cada que lo intentaba. Algo inexplicable, insólito y salvaje. «Cuando estoy contigo, lo olvido todo. Dejo de ser yo, de pertenecerme. Mi mundo se recompone y eso me gusta. Adoro que recompongas mi mundo, Iván». Esas palabras habían sido pronunciadas por sus labios en más de una ocasión. Detestaba que todos los días no fuesen jueves. Que no me permitiera entrar a ese mundo, que me pedía continuamente que le ayudara a olvidar, que deseaba quebrar. En un momento estaba besando sus labios, al siguiente, éramos dos cuerpos desnudos sobre el incómodo sofá de un camerino. Me adentré en su cuerpo, queriendo cumplir con su petición. Queriendo derribar sus tormentos, esos que yo desconocía. Estar encima de su cuerpo era un deleite, pero hoy necesitaba darle poder. El poder de sus caderas sobre mí. —Hoy me he perdido tu presentación. Necesito una pequeña muestra, al menos, ¿no crees? —pedí con una sonrisa pícara. Me la devolvió. Una sonrisa de sus labios era un privilegio del que no gozaba en cada encuentro. Pero olvidé todo eso cuando comenzó a moverse encima de mí. Introduciéndome cada vez más profundo en su interior con cada movimiento de sus adiestradas caderas. —Eso es, Ivy. No te detengas —ordené con voz ronca y laboriosa. No dijo nada, solo emitió un gemido desde lo profundo de su garganta al aumentar sus movimientos. Nunca hablaba cuando estaba dentro de ella, y su silencio era seductor siempre y cuando viniese acompañado de esos gemidos de placer que transformaban mi rostro. Me encantaría ver el suyo completamente. Su rostro. Valía la pena intentarlo. —Ivy. Necesito ver tu rostro. Déjame conocerte.
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