Precisamente esta última fue la postura en la que se encontró una amiga tras descubrir la infidelidad de su esposo. “Al principio quería echarlo de la casa”, me dijo. “Pero me di cuenta de que no quería divorciarme. Mi madre lo hizo y acabó criando a sus tres hijos sola. No quería repetir mi niñez. Quería que mi hijo, que entonces tenía dos años, tuviera a un padre en su vida. Pero también sabía que, si nos íbamos a quedar juntos, teníamos que ir a terapia de pareja”, recordó.
Cerca de una decena de sesiones después, mi amiga dejó de ir a terapia con reflexiones importantes: “Sé que no soy perfecta. Estaba muy enfocada en cuidar de mi hijo y mi marido no estaba recibiendo de mí lo que necesitaba. Todos deberíamos tener derecho de cometer errores y aprender de ellos. Aprendimos cómo hablar y escucharnos realmente. Lo amo y lo respeto, me siento muy feliz de que no nos hayamos separado. Es un padre maravilloso, un compañero que me estimula y, aunque nuestro matrimonio no es perfecto —¿cuál lo es?—, nos apoyamos y nutrimos mutuamente. Trabajar para superar la infidelidad nos fortaleció”.
Como ocurrió con mi amiga, la mayoría de las infidelidades suceden debido a la insatisfacción con la relación marital, alimentadas por la tentación y la oportunidad. Uno de los cónyuges puede pasar horas interminables en el trabajo, las tareas del hogar, actividades fuera de casa o incluso en las r************* , de tal modo que descuida las necesidades emocionales y sexuales de su contraparte. Suele pasar que la persona traicionada no se había dado cuenta de lo que faltaba en la relación y no sospechaba que había problemas.
Asimismo, pueden surgir problemas debido a una crisis personal de uno de los miembros de la pareja, como la incapacidad de lidiar con el conflicto, el miedo a la intimidad, la inseguridad arraigada o los cambios en las circunstancias de la vida que privan a la relación marital de la atención y afecto que alguna vez la sustentó.
Sin embargo, a excepción de la incompatibilidad irreversible o el abuso físico o emocional, con asesoría profesional y la disposición mutua para conservar el matrimonio, los terapeutas afirman que las parejas tienen buenas posibilidades de superar el trauma de la infidelidad y evitar el trauma del divorcio, que muchas veces es más doloroso.
anto ella como Pedri han descubierto que, con el beneficio de la buena asesoría, algunas parejas se “divorcian” de sus viejos matrimonios y comienzan uno nuevo con una relación más honesta y cariñosa.
Es importante encontrar a un terapeuta que pueda ayudar a la pareja a sortear los altibajos que experimentarán al trabajar con los problemas que condujeron a la infidelidad, “Si aceptan que habrá reveses y están dispuestos a superarlos, hay buenas posibilidades de que su matrimonio sane al final del proceso”.
“La infidelidad es una situación única que requiere de habilidades terapéuticas únicas”, manifestó. Sugirió que, al seleccionar a un terapeuta, las parejas pregunten si tiene alguna formación y experiencia en el tratamiento de la infidelidad y si ha logrado ayudar a las parejas a sanar su matrimonio.