Helen Punto de Vista
Oficialmente ya había terminado mi jornada de trabajo, al menos eso me había dicho Nola, y esperaba en mi habitación a que llegara la hora de vestirme para la fiesta. Solo deseaba que las gemelas no me interrumpieran porque quería aprovechar cada minuto.
Me sorprendió que Millie subiera con la intención de ayudarme a prepararme; sobre todo, cuando empezó a contarme historias sobre mi madre. No sabía que la conociera cuando era tan joven, como también ignoraba que Scott Red había conocido a mi madre mucho antes que Nola, según me contó.
—Entonces, ¿Los conocistes antes de que yo naciera?
—Oh, sí, mucho antes. Deberías ponerte este. —Millie me mostró el bonito vestido azul que estaba sobre la cama.
—No estoy segura. Era el que tenía pensado llevar, pero Halle me advirtió de que no debía usar su color.
No tenía ni idea de lo que haría si decidía ir en contra de su advertencia, pero considerando que no quería discutir, pensé que era mejor hacerle caso.
Millie resopló.
—¿Su color? Mírate, combina a la perfección con tus ojos. Además, ella solo es dueña del nombre. Ese vestido fue hecho para que coincidiera con unos ojos del mismo tono.
—Los de mi madre no eran azules —observé, al creer que Millie se refería a eso.
La mujer asintió como si lo supiera y, por su mirada comprensiva, tuve la sensación de que podría referirse a que mi madre quiso que combinara con otro par de ojos.
—Helen era una gran seguidora de Scott Red, ¿verdad? —Se me ocurrió de repente y Millie suspiró.
—Era la más grande.
Me guiñó un ojo y no me molesté más en pensar las cosas, aunque imaginé que mi madre debió de estudiar durante horas sus ojos para buscar la tela del mismo color.
—¿Vas a llevar sus joyas? —Tomó en sus manos las piezas de mi colección que había dejado en la mesa y desenganchó el cierre.
—Sí, pero esas no son las piezas de mi madre. Las he diseñado yo y, algún día, espero hacerlo tan bien como ella. Me gustaría crear mi propia firma, pero necesito algunos contactos.
—Tu madre tenía muchas conexiones entre sus amistades; seguro que algunos de ellos estarán encantados de trabajar con la hija de la gran Layla Ford.
—Nola me ha ayudado un poco y conozco a algunas personas, pero no quiero hacerme ilusiones con ellas. Me temo que no les gusto lo suficiente.
Millie se aclaró la garganta y se inclinó para hablarme en voz baja.
—Por favor, no te lo tomes a mal, pero es mejor que no dejes que Nola se meta tanto en tus asuntos.
Creí entender que me aconsejaba que no confiara en ella; que podría arruinar mis posibilidades con su reputación, pero debía de estar equivocándome. Nola era una mujer muy bien relacionada, era la esposa de Scott Red y también la madre de las niñas, así como su agente.
Al llegar a mi última reflexión, pensé en ella y decidí que podía tener razón.
—Gracias, Millie. Lo tendré en cuenta. —Me preguntaba por qué la mujer no había ido a ver cómo se preparaban sus nietas para la fiesta, pero no se lo dije.
En lugar de eso, se sentó conmigo y disfruté de su compañía. Me sentía demasiado sola en el mundo desde que falleció mi madre y Millie aliviaba mi dolor, igual que lo hacían Nola y Scott.
Poco después, estaba lista para bajar y ver a las chicas. Me pidieron que fuera puntual y cuando llegué a la sala de estar, donde dijeron que nos reuniríamos, me di cuenta de por qué.
—Se han marchado sin mí —dije a Millie.
—¿Estás segura? Es una casa grande. Tal vez estén en alguna parte o puede que se les haya hecho tarde en bajar. —Trató de justificar a sus nietas y en cierto modo me pareció normal, pero yo sabía que no me equivocaba.
Miré por la ventana y comprobé que la limusina también se había ido.
—Oh, mira, tienen que seguir aquí. —Millie me mostró un par de máscaras que debían ser suyas para la fiesta.
Ambas estaban decoradas de forma enmarañada con cuerda trenzada y plumas. Lo primero que pensé, fue que hacían con las hermanas.
Nola llegó a la sala de estar y palideció al verme.
—Llegas tarde. Las chicas se fueron hace veinte minutos. —Frunció la nariz al hablar.
—Helen ha sido puntual. Tus hijas se han ido demasiado temprano, incluso han olvidado sus máscaras —protestó Millie con los dientes apretados, como si estuviera dispuesta a saltar sobre Nola y morderle para que controlara mejor a sus hijas.
—No pasa nada. Llamaré un taxi —sugerí para evitar una discusión.
Busqué mi teléfono en el bolso, pero Millie me detuvo.
—Tonterías, tengo un coche privado. Llamaré a mi chofer y él te llevará.
—No hace falta, de verdad.
—No puedes llegar a la gala en un taxi —respondió Nola como si yo lo supiera.
—Creo que esa es la opción que le han dado tus hijas —indicó Millie.
Nola inclinó la cabeza y se llevó la mano al corazón.
—Mamá Red, no creerás...
—No creo. Lo sé. Estaba dispuesta a concederles a esos pequeños monstruos el beneficio de la duda, pero ahora veo lo crueles que son.
Mi teléfono sonó en el incómodo silencio que siguió a ese comentario.
—Son ellas —anuncié, antes de contestar. Nola y Millie cruzaron miradas asesinas—. Hola y gracias por esperar.
La voz de Mariel llegó a través del teléfono.
—No podíamos esperarte más tiempo. Ibas a arruinar nuestra gran entrada. Creo que hemos olvidado nuestras máscaras, así que sé amable y tráenoslas, ¿quieres? Incluso si tienes que volver a por ellas.
—No tengo que volver, ya las tengo. —Miré a Millie que sacudió la cabeza—. Te veré en la fiesta.
Colgué y Millie ya estaba discutiendo con Nola, otra vez.
—Esas dos pretendían hacerla regresar para recoger las máscaras, por eso las dejaron.
—No me quedaré de brazos cruzados mientras insultas a mis hijas —gruñó Nola, sacando su teléfono del bolsillo y dirigiéndose hacia la puerta.
Tuve la sensación de que las chicas estaban a punto de recibir una llamada.
—Van a intentar estropearte la noche, pero no les dejes. A tu madre le encantaban las galas y a ti también te gustará asistir a esta. Tal vez, incluso bailes con un hombre buen mozo y te enamores.
Me reí al pensarlo.
—Tendré suerte si encuentro alguien que se fije en mis joyas y no en mí. —Agarré las máscaras y ella llamó a Anthony, su conductor.
Tres minutos más tarde, me despedí de Millie que indicó al hombre que esperara hasta que la gala terminara para regresar.
Enseguida pensé que ella necesitaría un chofer en la casa.
—Puedo conseguir un taxi de regreso, de verdad, Millie. Me vas a malcriar.
—Mereces que te mimen de vez en cuando, además, eres... bueno, eres muy especial. Esas chicas están celosas de ti. —Sonrió, y pude ver que había un poco de tristeza en sus ojos—. Te pareces tanto a tu madre.
—Gracias, Millie.
Anthony, el conductor, abrió mi puerta y entre en el Rolls blanco con cuidado para que mi vestido no se arrugara.
El viaje fue tranquilo y aproveché para relajarme con la seguridad de que cuando llegara junto a las gemelas, se acabaría la calma. No tenía ni idea de lo que Millie quería decir con que estaban celosas de mí. ¿Cómo era posible y por qué? Tenían todo lo que querían y, si les faltaba algo, lo compraban con su dinero. Labiales nuevos, tetas nuevas, ropa nueva, ¿y yo qué podía permitirme? Nada. Solo ser su asistente. Aunque no sería por mucho tiempo.
Sin saber por qué, me sentí decidida y animada con la idea de conocer a esa persona especial que podría cambiar mi vida para siempre. Solo era una ilusión, pero al menos resultaba más divertido que seguir sentada y abatida.
En el largo recorrido a la mansión de la familia, tuve mucho tiempo para fantasear y soñar que podía abrir una tienda con mi colección.
Echaba de menos la casa de la playa donde había crecido. Mi madre convirtió el garaje en un bonito local comercial, para vender sus creaciones, y tenía curiosidad por saber si la disfrutaría una familia agradable. Nola me contó que se había vendido, pero me preguntaba si algún día sería lo suficientemente rica para volver a comprarla. Lo haría en un abrir y cerrar de ojos.
Mientras el coche giraba en la entrada principal, observé que se paraban unos cuantos delante del nuestro para que descendieran sus ocupantes, todos vestidos a la moda.
El estómago me dio un vuelco de emoción y decidí ponerme la máscara. Agarré mi bolso, en el que había metido el teléfono junto con un tubo de lápiz labial, y busqué a tientas las máscaras de las chicas. Me hubiera gustado tirarlas por la ventana, pero me limité a sostenerlas con fuerza antes de bajar del automóvil, mientras el aparcacoches sostenía la puerta.
Al descender me encontré sobre una preciosa alfombra roja con adornos dorados que conducía a unas puertas dobles que se abrieron de par en par, con dos asistentes a cada lado.
Me di cuenta de que todos los invitados llevaban una tarjeta, revisé mi bolso y… yo no tenía ninguna.
¡Maldita sea! Tres pasos más y sería rechazada.
Parecía que el corazón se me fuera a salir del pecho, me sudaban las manos y la cara me hervía, roja de vergüenza.