Bajo el cuidado de su amor

2062 Palabras
Estaba sumida en el calor abrasador de la fiebre que me envolvía como una prisión invisible. Cada respiración era un esfuerzo, cada parpadeo una batalla. El murmullo de voces en la habitación llegaba a mis oídos como un eco lejano, distorsionado. Pero había una presencia junto a mí que no podía ignorar, que se sentía más real que el dolor y el cansancio que dominaban mi cuerpo. Max. Su mano envolvía la mía con una ternura tan profunda que me provocaba lágrimas. Aunque el delirio amenazaba con arrastrarme, era su tacto el ancla que me mantenía atada a este mundo. El médico y la enfermera se movían alrededor de la habitación, atendiendo sus tareas en voz baja. Oía sus palabras sueltas: "hidratación", "temperatura", "necesita descanso". Sabía que estaban ahí porque Max los había dicho, escuche decirlo: — Los contrate para que la cuiden, me informaran de su estado constantemente. Aquello fue un murmuró en mis oídos, y una orden precisa en su voz. Cuando mi cuerpo cayó derrotado por la fiebre, cuando yo ya no pude más, fue él quien no dudó en cargar con todo. Yo estaba acostumbrada a pelear mis batallas sola, y cargar en mis espaldas con la guerra de mi madre, a la cual por culpa de estar enferma no pude ir a ver a la clínica. — Mamá… perdóname… espérame – suplicaba en susurros en medio de mis delirios. Temía que muriera y no pudiera estar a su lado. En medio de mi batalla y mi vulnerable condición estaba él. Siempre él. Abrí los ojos con esfuerzo y lo vi. Sentado a mi lado, sosteniéndome como si el simple hecho de soltarme pudiera romperme para siempre. Su expresión era una mezcla devastadora de preocupación, de amor, de esa fuerza silenciosa que siempre había ofrecido sin pedir nada a cambio. Mi pecho se apretó y dolió. — ¿Por qué? — ¿Por qué alguien como él seguía aquí, cuidando a alguien como yo? Cerré los ojos, sintiendo el ardor de las lágrimas bajo mis párpados. No era el dolor físico lo que me quebraba. Era él. Era la forma en la que me miraba, como si yo fuera algo precioso. Era el modo en que no se había ido, aun cuando yo misma había cerrado la puerta en su rostro al rechazarlo. — ¿Qué clase de amor era ese? – me pregunté en mi silencio. Tal vez uno que yo no merecía. Uno que había negado por miedo. Uno que ahora se me clavaba en el alma, recordándome todo lo que había estado a punto de perder. Mi garganta, seca y áspera, intentó formar palabras, pero sólo logré un susurro quebrado. —Max... Él reaccionó de inmediato, inclinándose hacia mí, sus ojos buscando los míos, como si cada gesto mío fuera un llamado sagrado. —Estoy aquí, Any. No te preocupes por nada. Estoy contigo —susurró, rozando mi frente con su mano, refrescando el ardor que me consumía. Sentí mi corazón romperse en mil fragmentos. Él no merecía mi duda. No merecía mis temores ni mis muros que yo había puesto entre los dos. Merecía todo el amor que había en mí... y que, por cobardía, había enterrado. Mi mente, febril y cansada, repasaba su paciencia infinita, su preocupación silenciosa, su apoyo incondicional. Él había estado a mi lado cuando nadie más lo hizo, había sido mi refugio sin pedírselo. Y yo... yo lo había rechazado, como si pudiera apartar el sol con una mano temblorosa. Un sollozo silencioso se formó en mi pecho. No era sólo gratitud lo que sentía. Era amor. Un amor abrumador, dolorosamente hermoso, que había crecido en silencio, en los gestos pequeños, en las palabras no dichas, en las miradas robadas. Era amor. Era Max. Y no podía seguir negándolo. Sentí la cama hundirse ligeramente cuando se acomodó más cerca, acariciándome el cabello con una ternura reverente. La enfermera murmuró algo al médico, pero no entendí qué. Max creyó que dormía, pero yo estaba despierta con mis ojos entrecerrados. Lo vi inclinarse hacia mí, susurrando palabras que no estaba destinada a oír: — Te amo Any… Eres lo más importante para mí. Mis labios temblaron al escucharlo, quise hablar, responder a sus palabras pero las palabras se negaban a salir de mi garganta. Yo había huido de él. Era yo quien había huido de la felicidad que temía no encontrar a su lado En medio de mi vulnerabilidad, en medio del dolor físico que me atravesaba, supe que había una sola verdad que ya no podía negar: amaba a Max con todo mi ser. No quería perder su amor. No esta vez. Me sentía tan sola, tan cansada de cargar con tanto peso, había recibido tanto rechazo, incluyendo el de mi propia familia qué me negaba a abrir mi corazón. Pero… ¿y sí el amor de Max era solo un abismo más grande, y su amor solo me traería más dolor? Mi alma debatía con la razón. Haciendo mi lucha física aún más agotadora. Con el último hilo de fuerza que me quedaba, entrelacé mis dedos con los suyos. Él se sobresaltó, mirándome como si el universo entero acabara de cambiar. Sonreí débilmente. Y aunque mis labios no pronunciaron palabras, mis ojos hablaron por mí. Gracias, decían. Lo siento. Te amo. Max apretó mi mano, como si pudiera sostenerme en la vida solo con su amor. Y por primera vez en mucho tiempo, supe que no estaba sola en todo este vasto universo de imposibilidades. Sentí la seguridad de que él era mi hogar. Mi refugio. Max era el amor de mi vida. Aunque me ahogaba el temor al reconocerlo y aceptarlo como la mayor verdad de mi vida. El tiempo se volvió una bruma extraña entre el dolor y la consciencia. No supe cuánto dormí ni cuánto delíré. Sólo supe que cuando mis ojos lograron abrirse de nuevo, el mundo ya no era un incendio incontrolable dentro de mi cuerpo. La fiebre había cedido un poco, como un mar embravecido que finalmente comenzaba a calmarse. Me sentía débil, quebrada, pero consciente. Al abrir mis ojos al mundo otra vez, ahí estaba Max. Como una promesa silenciosa, como un faro inamovible en medio de mi tormenta. Su cabeza reposaba ligeramente recostada contra la cama, sosteniendo aún mi mano entre las suyas, como si soltarme fuera simplemente impensable. Un nudo se formó en mi garganta al verlo así, cansado, con las ojeras marcando su rostro, y aún así... atractivo. Era imposible negar que siempre me había parecido muy atractivo. Pero en ese instante me era su corazón el que resplandecía más hermoso. Intenté moverme, pero el leve roce de mis dedos fue suficiente para que despertara al instante, como si su alma estuviera en vigilia perpetua por mí. —¿Any? —susurró, su voz ronca por el sueño y la preocupación—. ¿Cómo te sientes? Parpadeé lentamente, sentí el ardor de mis ojos, pero también una inesperada calidez en el pecho. Quise hablar, decirle que me sentía mejor sólo porque él estaba allí, pero apenas logré articular un susurro. —Mejor... —dije con una sonrisa apenas dibujada en mis labios resecos. Su sonrisa, en cambio, iluminó toda la habitación. Max se incorporó con cuidado, y acarició mi mejilla con una ternura que me hizo cerrar los ojos un segundo, disfrutando del gesto como quien bebe agua después de una larga sequía. —Me alegra tanto escucharlo —murmuró—. Te traeré algo de comer. Nick te preparó un caldo de pollo. Te hará bien, necesitas reponer fuerzas. No me dio opción a protestar, ni siquiera me dio tiempo de sentirme cohibida, o de decirle que no tenía apetito. Me besó en la frente y salió de la habitación dejando la puerta semiabierta. Nick entró de inmediato. — ¡Cómo me alegra verte con mejor semblante Anette! – sonrió — Nos tenías muy preocupados. La enfermera se acercó a mí y tomó mi temperatura. — Ya está estable – aseguró — Seguiremos con el tratamiento del doctor y con reposo muy pronto estará bien. La mujer era muy agradable y profesional. No podía pensar en alguien mejor para encargarse de mi cuidado. Le agradecí con una leve sonrisa. Luego Max entró a la habitación con una charola en sus manos y la dejó sobre la mesa. Con una delicadeza que me desarmó, me ayudó a incorporarme colocando una almohada detrás de la espalda, luego se sentó junto a mí. Tomó la cuchara, sopló con paciencia para enfriar un poco el caldo, y me ofreció la primera cucharada con ternura. Abrí los labios tímidamente, recibiendo el alimento, sintiendo el calor recorrer mi garganta, reconfortante, sanador. Cada cucharada era más que alimento. Era amor, cuidado, dedicación por parte de Max. No recordaba la última vez que alguien me había cuidado así. No recordaba cuándo fue la última vez que me sentí así de importante para alguien. Había tenido que tomar el rol de guardián y cuidadora de mi madre hacia tanto que se me había olvidado como sentirme amada y necesitada del cuidado de alguien más. Mis ojos se empañaron, pero me forcé a tragar el nudo en mi garganta. Max lo notó, pero no dijo nada. Sólo seguía allí, atento, paciente, como si cada instante conmigo fuera un regalo que él atesoraba. Cuando terminé, limpió suavemente el borde de mis labios con una servilleta, sonriendo con esa dulzura que me hacía doler el alma de tanto amor. —¿Te sientes con fuerzas para tomar un poco de agua? —preguntó, y asentí. Me ayudó a beber despacio, como si yo fuera de cristal. Después dejó todo a un lado y volvió a tomar mi mano, sin apartar su mirada de la mía. —Any... —dijo, con esa voz baja que usaba cuando algo le importaba de verdad—. Estuve pensando... Contuve el aliento. —Sé cuánto te preocupa tu mamá. Sé que te duele no poder estar con ella ahora que estás enferma. —Bajó la mirada por un segundo, y cuando volvió a mirarme, sus ojos estaban llenos de ternura. — Si quieres… Si me lo permites… yo podría ir a verla por ti. Puedo llevarle un ramo de flores de tu parte. Decirle que la amas, que piensas en ella... que pronto irás a verla.. Me quedé muda. La emoción me golpeó como una ola furiosa. Las lágrimas que había contenido comenzaron a deslizarse por mis mejillas, silenciosas, incontenibles. ¿Quién era este hombre? Era otro Max al que yo estaba acostumbrada a ver. Qué alma tan inmensa podía tener para hacer todo esto por mí, incluso sabiendo que yo había cerrado las puertas de mi corazón. Intenté hablar, pero un sollozo escapó antes de poder formar palabras. Max, alarmado, se acercó, secando mis lágrimas con sus pulgares. —Shhh... no llores, Any. Todo está bien. Yo me encargo de todo, ¿sí? —susurró, preocupado al verme llorar. Fue entonces que, como si algo dentro de mí finalmente se rompiera y se reconstruyera a la vez, lo llamé de una forma que nunca había usado antes: —Mi amor... —susurré, con la voz temblorosa. Max se congeló un segundo. Sus ojos se llenaron de una emoción tan profunda, tan transparente, que me partió el alma. No éramos pareja. No oficialmente. No según las palabras. Pero en ese instante, en ese universo pequeño y frágil de mi habitación, éramos eso. Un secreto a voces, una verdad no dicha, un sentimiento innegable. Lo vi inclinarse hacia mí, acercándose sin invadirme, esperando, como siempre, que yo diera el paso. Y yo lo di. Apoyé mi frente contra la suya, cerrando los ojos, sintiendo su respiración mezclarse con la mía. —Gracias —susurré—. Por cuidarme... por quererme... por no irte cuando más te necesitaba. Sentí su sonrisa contra mi piel. —Nunca me iría, Any. No mientras tú me necesites. Mi corazón te pertenece... —susurró Quise decirle tantas cosas. Quise prometerle que nunca más le negaría el amor que merecía, que nunca más levantaría murallas entre nosotros. Pero no pude. Sólo logré enredar mis dedos en su camisa, como una niña que teme que su protector desaparezca, y murmurar, apenas audible: —Quédate conmigo... Él me besó la frente, dulcemente. —Siempre —juró. Y por primera vez, le creí.
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