Salomón esperaba que su hermano del corazón finalmente se abriera sobre la crisis que claramente lo estaba consumiendo. Hassan respiró profundamente, con sus manos temblando ligeramente mientras extraía el pequeño frasco de píldoras del bolsillo interior de su chaqueta. —Mi, Leila... tiene cáncer —confesó Hassan con una voz quebrada que apenas era audible, sosteniendo el frasco como si fuera evidencia de una sentencia de muerte—. Tiene leucemia. Sus palabras cayeron en el salón como bombas silenciosas, mientras Salomón sintió inmediatamente cómo su expresión se transformó de curiosidad casual hacia una seriedad absoluta. Sus ojos verdes se endurecieron con esa intensidad que emergía cuando procesaba información que cambiaba fundamentalmente el panorama de cualquier situación. Conocía a H

