Dolor, profundo y agonizante dolor. La cabeza me estallaba al mismo tiempo que los latidos de mi corazón se volvían irregulares. Pero lo que más me incordiaba era aquel dolor procedente de mi cadera, como un pinchazo que se extendía quemándome la piel. Me sentí desorientada pues era como estar recostada sobre algo que se movía fluidamente. Abrí los ojos e intenté no cerrarlos aunque me lo impidiera el sol cegador de la mañana. Oh dios, ¿Qué día era? ¿Dónde estaba? Mis respuestas me fueron aclaradas al levantar la cabeza y verme tumbada sobre una colchoneta de plástico que había flotando sobre la piscina. No era cualquier piscina, era la de mi maridito, es decir; mi piscina. Me maldije por millonésima vez al ver que no estaba sola. Aquel peso que residía sobre mí era él. Tenía la cabeza

