Cambio

1629 Palabras
Miro el papel en mi mano como si fuera veneno, ardiendo como llamas en mi palma. Por lo que sé que contienen, por quien sé que las escribio, que las sostuvo exactamente como yo en este momento. Las aprieto en mis manos con fuerza, arrugandolas, deseando destruirlas ahora mismo. En su lugar las guardo con movimientos rápidos en mi mochila, teniendo especial cuidado de que nadie las vea. Lo último que necesito es que se pregunten que hago parada frente al buzón como si hubiese visto un maldito fantasma. Algo bastante cercano a la realidad, pero ya me odian bastante, no necesito añadir algo más a la larga lista de razones. A solas en mi habitación me encargare de darles el mismo fin que a todas las anteriores. Respiro hondo una o dos veces antes de sentirme lo suficientemente bien para entrar en casa sin parecer tan culpable y sospechosa como me siento. No quiero que mamá sospeche nada sobre la existencia de estas cartas. Aunque lo más probable es que aún no este en casa, dado que es fin de semana laboral y todo eso, lo que seria lo mejor. Al abrir la puerta me percato de inmediato de dos cosas. Uno, mi mamá parece haber logrado por fin salir antes del trabajo, algo que muy rara vez ocurre pues su jefe parece incapaz de operar sin su asistencia. Y dos, y probablemente lo más raro de todo, parece estar esperándome. Eso es algo que rompe con nuestra rutina diaria de una forma que me preocupa bastante. Me acerco con pasos lentos hacia la sala de estar donde puedo escucharla. Mis pies son vacilantes mientras procuro que no se note demasiado la mueca de dolor involuntaria que hago al caminar. El dolor en mi abdomen aumentando a cada minuto que pasa, asi como el enrrojecimiento en mi cara, que seguramente ya esta hinchada. Solo espero que no demasiado para que mamá lo note. Nada más entrar en la sala la veo. Esta sentada en el sofá, intentando ovultar con movimientos espasmodicos lo visiblemente nerviosa que está. Todavía viste su ropa del trabajo, lo que significa que no hace mucho que llegó, porque detesta usarla en casa. Me fijo en la copa de vino casi vacía en su mano derecha, y de alguna extraña forma me relaja. Algo normal en medio de tanta rareza. - ¿Pasa algo? Mamá me mira sobresaltada, claramente sorprendida por mi precencia, sin haberme escuchado llegar. No se lo tomo en cuenta, siempre parece demasiado perdida en su agitada y atormentada mente como para notar las cosas más obias. Por un momento me pregunto si acaso le pasó algo en el trabajo, después de todo su vida en este pueblo no es mucho mejor que la mía. Más de una vez la he sentido llorar en su habitación cuando cree que estoy dormida. Ahora no dice nada, solo me mira, sonríendome con labios temblorosos y ojos brillantes. Estoy por preguntarle otra vez, nerviosa ante su extraño comportamiento. Por norma no me mira demasiado, desde hace mucho no me aguantaba la mirada por mas de unos sutiles segundos. Entonces se pone de pie de repente, sin tambalearse por lo que no está borracha, y se acerca a mi figura aún congelada en el umbral de la sala - No, todo está bien, de hecho - sonríe más ampliamente, pareciendo aliviada - mejor que bien. Sus palabras me dejan desconcertada, sobre todo por que a pesar de ellas sige pareciendo nerviosa. Y su sonrisa, algo raro de ver en ella, aunque aparentemente sincera, parece tensa. Es como si no supiera como sentirse feliz por algo, como si se le hubiese olvidado luego de tantos años de solo sentir miedo, dolor, o ambos. La miro, frunciendo el ceño, intentando descifrar que puede estar pasando, que puede haber provocado una reacción tan inusual en mi mamá. De repente ella toma mi mano, y la forma cuidadosa y casi temerosa en que lo hace, en que extiende su mano con lentitud hacia la mía, con la misma reticencia que un niño al tocar por primera vez a un perro que parece peligroso, le hace algo a mi pecho. Mi corazón se contrae dolorosamente en el como si lo exprimiesen, viendo lo que queda de nuestra relación, viendo lo que nos hizo, y odiandolo sin poder cambiarlo. Su mano se siente fría en la mía, temblorosa. Nada más tocarme, me mira como si buscase mi aprobación o algo así, y al ver que no me aparto, o la hago apartarse, como parece haber pensado que haría, vuelve a sonreírme. Esta vez siendo su sonrisa mucho menos tensa. - Tengo algo muy importante que contarte, algo que podría cambiar nuestras vidas Alina. Sus ojos azules hoy parecen más brillantes que nunca antes. De niña nunca note lo verdaderamente tristes y asustados que parecian, y aún cuando la causa de esa tristeza y miedo se fue, la sombra permaneció. Su extensa sombra aún hoy cubriendo cada infimo rayo de luz existente en ella. Pero hoy, en este momento no veo esa sombra, por lo que parece una primera vez parecen casi esperanzados, casi alegres, alegres de verdad, lo que hace aumentar mi curiosidad, y mi miedo también. - ¿De qué se trata?. Las palabras salen con dificultad por mi garganta, mi miedo a lo que podría decir atascando las palabras en ella. Traga saliva y, aún agarrando mi mano, en un apretón casi doloroso, lo suelta por fin. - Me ofrecieron un ascenso Ali, un ascenso en la sucursal de Londres, lo pagan todo hija, vivienda, mudanza, incluso te pagaran una beca en uno de los institutos más elitistas y exclusivos del país, la mejor Alina. Han visto tus notas y mi jefe quedó extasiado, dice que le encantará poder ayudarte con tus estudios, que tienes mucho potencial y sabe que no se arrepentira. Las palabras se filtran lentamente en mi cabeza, como por gotero. Mi mente trabajando horas extras para procesarlas, reticente a aceptarlas como algo real o incluso posible para alguien como yo. Entonces me detengo, cayendo realmente en lo que significan, lo que implican para nosotras. - Mamá yo... No sé que decir, no sé que sentir, no sé si sentirme tan esperanzada como ella con el aparente nuevo comienzo que algo así significaría para nosotras. Sin duda, dejar atrás este pueblo, y a todos los que nos ven como culpables, como monstruos, y nos castigan día a día por ello, sería apartemente bueno. Pero los recuerdos, la culpa y castigos autoinflingidos. El sentimiento de autodesprecio, el sentir que merecemos el castigo que recibimos de algún modo enfermo. Eso no se irá con la misma facilidad, eso no es un mueble viejo que podamos dejar atrás en la mudanza, eso partirá junto a nosotras, eso nos seguirá a donde quiera que huyanos, por que esta dentro de nosotras. Y realmente no se que podría pasar, no tengo idea de que haré, si no siento que recibo mi merecido, si mi mente se queda como único verdugo para purgar mis pecados. Aún así no exteriorizo mis miedos y aprenciones, no puedo hacerlo, no cuando puedo ver esa luz en los ojos de mi madre por primera vez en tantos años. No cuando parece tan esperanzada con la prespectiva de un nuevo comienzo para nosotras, tan feliz y orgullosa de habernos conseguido una segunda oportunidad. Y, también, por qué siente que de alguna manera me está salvando. Lo que ella no sabe sin embargo es que nada ni nadie puede salvarte de ti misma, ni de lo que se oculta en tu interior. A pesar de mis oscuros pensamientos sonrió para ella. La sonrisa que practico frente al espejo cada día, la sonrisa falsa que parece tan real como mi madre y cualquiera que la mire desea que sea. Después de todo, las personas están diseñadas para ver solo lo que quieren ver. Una lección que nunca olvidare, sino que nos lo digan a nosotras, que me lo digan a mi. - Es increíble mamá, es absolutamente maravilloso - la abrazo, como hace años no lo hacía, como hace años no nos lo permitiamos, ocultando mis lágrimas en su hombro, pues a diferencia de las suyas no son de felicidad. Mamá acaricia mi cabello con suavidad, aliviando solo un poco mi angustia y mis miedos. Mientras sus hombros tiemblan por los sollozos que intenta acallar. - Seremos felices mi niña, te lo prometo, por fin podremos dejar todo esto atrás. Por fin empezaremos de nuevo cariño, juntas, lo lograremos, ya lo verás. Solo asiento, sin apartarme de su cálido abrazo, disfrutando del consuelo que ambas nos hemos negado por tanto tiempo. El consuelo que solo los brazos de una madre puede dar, el consuelo que no me creia digna de merecer, de hecho, aún no lo hago, pero ahora mismo eso no me importa demasiado. No me veo capaz de decir nada después de eso, simplemente estoy ahí, ofreciendole lo que claramente necesita con desesperación. Pero mientras escucho sus planes para nosotras en Londres, lo hermoso y grande que es el piso que nos alquila ña empresa, y lo mucho que agradece a su jefe lo que está haciendo por ambas, no puedo dejar de pensar en las cartas arrugadas en mi mochila. Las cartas que, aparentemente, nunca más recibiré. Las cartas que nunca más tendré que esconder ni hacer desaparecer en mi cuerto. Ni tampoco fingir que no deseo leerlas. Ya no tendre que luchar contra eso ¿verdad? También pienso en lo que podría pasar cuando él lo sepa, porque él siempre lo sabe todo, me lo ha demostrado antes. Y si algo se con certeza en esta vida de mierda, es que él jamás nos dejará ir.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR