El tiempo, que no perdona ni a los dioses ni a los mafiosos, había pasado con la delicadeza de una brisa y la fuerza de una marea. Doscientos cincuenta años de historia familiar habían convertido el nombre Leone en una leyenda que ya no pertenecía solo a Italia, sino al mundo. Las generaciones se sucedían, pero el linaje se mantenía intacto, sostenido por un juramento ancestral: > “La sangre no se olvida. El amor no se niega. El poder no se comparte.” En la villa restaurada —ahora una mezcla de museo y fortaleza moderna— Greco Leone observaba los viñedos desde su despacho. Su cabello completamente blanco, su porte aún imponente. A su lado, Arianna, con su elegancia eterna, revisaba un cuaderno con bocetos del teatro de danza que dirigía junto a su hija, Victoria. Ambos lucían m

