Es el segundo día del congreso y llego a la Universidad Americana con un apósito en mi mejilla. —¿Qué demonios te sucedió? —cuestiona Solange luego de verme y palpa la lesión con el dedo índice. —¡Agh, no lo toques! —Mírate, luces como un delincuente —suelta una risotada. —¿Tuviste problemas? —pregunta Benjamín. —Me golpeé con la puerta de la habitación del hotel —miento. —¿Usarás esa excusa tan pasada de moda? —manifiesta Solange, incrédula. —Es la verdad... —Sí, cómo no. Entremos de una vez —comienza a caminar e ingresa al auditorio, en tanto que Benjamín y yo seguimos sus pasos. Tomamos asiento y esperamos el inicio de la conferencia. Al concluir, Solange propone irnos a un bar, pero aunque la propuesta es agradable, no puedo simplemente ir y dejar a Somali en el hotel, así co

