Parpadeo hacia él, y entonces me doy cuenta que estoy temblando. Tragó y trato de enterrar mis manos en mi vestido, pero él las atrapa. —E-estas enojado —susurro, avergonzada cuando escucho que mi voz también está temblando. Sigue sosteniendo mis manos, se inclina lentamente y quedamos ojo a ojo. La tensión cruje entre nosotros, y mi aliento se engancha. Quiero mirar hacia otro lado. No quiero ver a otro de mis compañeros odiarme, pero sus ojos azules me tienen como rehén. —¿Enojado? —dice suavemente, haciendo que mi piel estalle con sudor frío. Sacude la cabeza—. No, no estoy enojado. Estoy jodidamente lívido. —Envuelve mis muñecas en una de sus manos y levanta la otra y empuña mi cabello—. Pero nunca te haría daño. Y entonces sus labios se chocan con los míos. En una sola respi

