— ¿Y ésta?—imploraba el maestro con cierto temor, como si dudase de sus ojos.—¿No te parece que tiene algo? ¿No te la recuerda? El amigo estallaba en indignación. — Tú estás loco. ¿En qué se parece aquella pobrecita, tan buena, tan dulce, tan distinguida, a ese... perro sin vergüenza? Renovales, después de varios fracasos, que le hacían dudar de la fidelidad de sus recuerdos, no osaba ya consultar a su amigo. Apenas intentaba llevarle a un nuevo espectáculo, Cotoner se echaba atrás... — ¿Otro descubrimiento?... Vamos, Mariano; quítate esas ideas de la cabeza. Si la gente se enterase, te creería trastornado. Pero desafiando su cólera, el maestro insistió una noche con gran tenacidad para que le acompañase a ver a la Bella Fregolina , una muchacha española, que cantaba en u

