¿Y el padre?... Renovales faltó a la ceremoniosa entrada: estaba ocupadísimo atendiendo a los invitados; le retenía en un extremo del salón una risa graciosa, medio oculta tras un abanico. Se había sentido tocado en un hombro, y al volverse vió al solemne conde de Alberca llevando del brazo a su esposa. El conde le había felicitado por el aspecto de sus estudios: todo muy artístico. La condesa le felicitaba también, en tono zumbón, por la importancia que aquel suceso tenía en su vida. Llegaba el momento de retirarse, de decir adiós a la juventud. — Le arrinconan a usted, querido maestro. Pronto le van a llamar abuelo. Reía gozándose en la turbación y el rubor que le causaban estas palabras compasivas. Pero antes de que Mariano pudiera contestar a la condesa, se sintió arrastrado por Cot

