Éste, con su sensibilidad para percibir el elogio, no tardó en darse cuenta del ambiente de curiosidad que le rodeaba. Los jóvenes copistas parecían pegarse más a sus caballetes, frunciendo los ojos, dilatando la nariz, moviendo el pincel con lentitud y titubeos, sabiendo que él estaba a sus espaldas, estremeciéndose a cada paso que sonaba sobre el entarimado, con el temor y el deseo de que se dignase pasar su mirada por encima de sus hombros. Adivinaba con cierto orgullo lo que murmuraban todas las bocas al cuchichear, lo que se decían los ojos, al fijarse distraídos en los lienzos, para después mirarle a él.
— Es Renovales... El pintor Renovales.
El maestro miró un buen rato al más antiguo de los copistas: un viejo decrépito y casi ciego, con anteojos gruesos y cóncavos, que le daban el aspecto de un monstruo marino, y temblándole las manos con estremecimiento senil. Renovales le conocía. Veinticinco años antes, cuando él estudiaba en el Museo, le había visto en el mismo sitio, copiando siempre Los borrachos . Aunque cegase por completo, aunque el cuadro se perdiese, podría él rehacerlo a tientas. En aquellos tiempos se habían hablado muchas veces, pero ni remotamente podía imaginarse el pobre hombre que aquel Renovales, del que tanto se decía, era el mismo muchachuelo que en más de una ocasión le había pedido prestado un pincel, y cuyo recuerdo apenas si se conservaba en su pensamiento, momificado por la eterna imitación. Renovales pensó en la bondad del rollizo Baco y la turba de rufianes de su corte, personajes que durante medio siglo estaban alimentando la casa del copista, y creyó ver a la vieja compañera, a los hijos casados, los nietos, toda una familia sostenida por la mano trémula del anciano.
Alguien deslizó en su oído la noticia que agitaba el Museo, y el copista, levantando los hombros con cierto desprecio, separó la moribunda vista de su trabajo.
¡Conque estaba allí Renovales, el famoso Renovales! ¡Iba por fin a conocer al prodigio!...
El maestro vió fijos en él sus ojos grotescos de pescado monstruoso, con un fulgor irónico tras los gruesos cristales. ¡Farsantuelo! Ya había oído él hablar de aquel estudio con honores de palacio que tenía detrás del Retiro. Lo que a Renovales le sobraba lo había quitado a muchos como él que, faltos de protección, se habían quedado en el camino. Se hacía pagar por un lienzo miles de duros, y Velázquez trabajaba por tres pesetas al día, y Goya pintaba sus retratos por un par de onzas. Todo mentira; modernismo , audacias de una juventud falta de escrúpulos, ignorancia de los bobos que creen a los periódicos. Lo único bueno estaba allí. Y levantando otra vez los hombros con desprecio, se apagó en su mirada la irónica protesta y volvió a su milésima copia de Los borrachos .
Renovales, viendo amortiguarse la curiosidad en torno de él, entró en la pequeña sala que guarda el cuadro de Las Meninas . Allí estaba Tekli, junto al lienzo famoso, que ocupa todo el fondo de la habitación, sentado ante su caballete, con el sombrerito blanco echado atrás para dejar en libertad los latidos de su frente, contraída por el tenaz empeño de la exactitud.
Al ver a Renovales se levantó con apresuramiento, dejando su paleta sobre el pedazo de hule que defendía el entarimado de las manchas de pintura. ¡Amable maestro! ¡Cómo agradecía esta visita! Y le mostraba su copia, de una minuciosa exactitud, sin el prodigioso ambiente, sin la milagrosa realidad del original. Renovales asentía con la cabeza; admiraba la paciente labor de aquel buey manso del arte, que abría sus surcos siempre iguales, con una rigidez geométrica, sin el más leve descuido, sin el menor intento de originalidad.
— Ti piace? —preguntaba ansioso, mirándole a los ojos para adivinar su pensamiento.— È vero? È vero? —repetía con la incertidumbre del niño que presiente un engaño.
Y súbitamente tranquilizado por las muestras de aprobación de Renovales, cada vez más extremadas para disfrazar su indiferencia, el húngaro le cogió ambas manos, llevándoselas al pecho.
— Sono contento, maestro... Sono contento.
No quería soltar a Renovales. Ya que había tenido la magnanimidad de venir a conocer su obra, no podía dejarle marchar. Almorzarían juntos en el hotel donde él vivía. Destaparían un frasco de Chiantti para recordar su vida de Roma; hablarían de la alegre bohemia de la juventud, de aquellos compañeros de diversas nacionalidades que se reunían en el café del Greco ; unos muertos ya, los demás esparcidos por Europa y América; los menos llegados a la celebridad, la mayoría vegetando en las escuelas de su país, soñando con un cuadro definitivo y triunfador, antes del cual llegaría la muerte.
Renovales sintióse vencido por la insistencia del húngaro, el cual le cogía las manos con expresión dramática, como si fuese a morir por su negativa. ¡Vaya por el chianti! Almorzarían juntos, y mientras Tekli daba unos retoques a su obra, él le aguardaría paseando por el Museo, renovando sus recuerdos.
Al volver a la sala de Velázquez había disminuído la concurrencia, quedando solos los copistas, inclinados ante sus lienzos. El pintor sintió de nuevo la influencia del gran maestro. Admiró su prodigioso arte, sintiendo al mismo tiempo la intensa tristeza histórica que parecía emanar de toda su obra. ¡Infeliz don Diego! Había nacido en el período más melancólico de nuestra historia. Su sano realismo era para haber inmortalizado la forma humana en toda su bella desnudez, y el Destino le deparó un período en el que las mujeres parecían tortugas asomando el busto entre la doble concha de su hueca faldamenta, y los hombres tenían una rigidez sacerdotal, irguiendo las morenas y mal lavadas cabezas sobre tétricas ropillas. Había pintado lo que había visto: el miedo y la hipocresía reflejábanse en los ojos de aquel mundo. La alegría forzada de una nación moribunda, que necesitaba para distraerse de lo monstruoso y disparatado, revelábase en los bufones, los locos y los contrahechos, inmortalizados por el pincel de don Diego. El humor hipocondríaco de una monarquía enferma de cuerpo y con el alma agarrotada por el terror del infierno, vivía en todas aquellas obras maestras, que inspiraban admiración y tristeza al mismo tiempo. ¡Lástima de tesoros artísticos derrochados en inmortalizar un período que, sin Velázquez, hubiera caído en el olvido más profundo!
Renovales pensaba también en el hombre, comparando con cierto remordimiento la vida de aquel gran pintor con la existencia principesca de los maestros modernos. ¡Oh, la munificencia de los reyes, su protección a los artistas, de la que hablaban algunos con entusiasmo volviendo la vista atrás!... Pensaba en el cachazudo don Diego y su sueldo de tres pesetas como pintor del rey, que sólo cobraba muy de tarde en tarde; en su nombre glorioso, figurando entre los de bufones y barberos en la lista del personal cortesano; en su calidad de doméstico regio, que le obligaba a aceptar el cargo de perito de materiales de albañilería para mejorar un tanto su situación; en las bajezas y humillaciones de sus últimos años para alcanzar la cruz de Santiago, negando como un delito ante el tribunal de las Ordenes que cobrase dinero por sus cuadros, afirmando con orgullo servil su calidad de criado del rey, como si ese título fuese superior a la gloria del artista... ¡Dichosos tiempos del presente; bendita revolución de la vida moderna, que dignifica al artista colocándolo bajo la protección del público, soberano impersonal que deja en libertad al creador de belleza y acaba por seguirle en sus nuevos caminos!...
Renovales salió a la galería central buscando otra de sus admiraciones. Las obras de Goya llenaban un gran espacio de ambos muros. A un lado los retratos de los reyes de la decadencia borbónica; cabezas de monarcas ó de príncipes, abrumadas por la blanca peluca; ojos punzantes de mujer, rostros exangües, con los cabellos peinados en forma de torre. Los dos grandes pintores habían coincidido en su existencia con la ruina moral de dos dinastías. En el salón del gran don Diego, los reyes delgados, huesosos, rubios, de elegancia monacal y blancura linfática, con la mandíbula saliente y una expresión en los ojos de duda y temor por la salvación de sus almas. Aquí los monarcas obesos, entorpecidos por la grasa; la nariz enorme y pesada, con un fatal estiramiento, como si tirase del cerebro por misteriosa relación, paralizando sus funciones; el labio inferior grueso y caído con inercia sensual; los ojos, de una calma bovina, reflejando en su tranquila luz la indiferencia para todo lo que no tocase directamente a su egoísmo. Los Austrias, nerviosos, inquietos por una fiebre de locura, sin saber adónde ir, cabalgando sobre teatrales corceles, en obscuros paisajes, cerrados por las nevadas crestas del Guadarrama, tristes, frías y cristalizadas como el alma nacional: los Borbones, reposados, adiposos, descansando ahitos sobre sus enormes pantorrillas, sin otro pensamiento que la cacería del día siguiente ó la intriga doméstica que trae revuelta a la familia, ciegos para las tormentas que truenan más allá de los Pirineos. Los unos rodeados de un mundo de imbéciles con cara brutal, de leguleyos sombríos, de infantas de rostro aniñado y faldas huecas de virgen de altar: los otros llevando, como comparsería alegre y desenfadada, un populacho vestido de alegres colores, envuelto en la capa de grana ó la mantilla de blonda, coronado por la peineta ó la masculina redecilla, r**a que en las meriendas del Canal ó en grotescas diversiones incubaba, sin saberlo, su heroísmo. El latigazo de la invasión la sacaba de su infancia de siglos. El mismo gran artista que había retratado durante muchos años la inocente inconsciencia de este pueblo de majos y majas, vistoso y alegre como un coro de opereta, lo pintaba después atacando navaja en mano, con simiesca agilidad, a los mamelucos; haciendo caer bajo sus tajos a estos centauros del Egipto, ahumados en cien batallas, ó muriendo con teatral fiereza a la luz de un fanal, en las tétricas soledades de la Moncloa, fusilado por los invasores.
Renovales admiraba el ambiente trágico de este lienzo que tenía ante sus ojos. Los verdugos ocultaban sus rostros, apoyándolos en los fusiles; eran ciegos ejecutores del destino, una fuerza anónima; y frente a ellos elevábase el montón de carne palpitante y sangrienta; los muertos, con los jirones de carne arrancados por las balas, mostrando rojizos agujeros; los vivos, con los brazos en cruz, retando a los matadores en una lengua que no podían entender, ó cubriéndose el rostro con las manos, como si este movimiento instintivo pudiera preservarles del plomo. Era todo un pueblo que moría para renacer. Y junto a este cuadro de horror y heroísmo veíase cabalgar, en otro cercano, al Leónidas de Zaragoza, a Palafox, con sus patillas elegantes y una arrogancia de chispero dentro del uniforme de capitán general, teniendo en su apostura cierto aspecto de caudillo de la plebe, sosteniendo en una mano enguantada de ante el corvo sable y en la otra las riendas de su caballejo corto y panzudo.
Renovales pensó que el arte es como la luz, que toma el color y el brillo de los objetos que toca. Goya había pasado por un período tempestuoso, había asistido a la resurrección del alma popular, y su pintura encerraba la vida tumultuosa, la furia heroica que en vano se buscaba en los lienzos de aquel otro genio amarrado a la monotonía de una existencia palaciega, sin otros incidentes que las noticias de guerras lejanas, faltas de entusiasmo, y cuyas victorias, tardías é inútiles, tenían la frialdad de la duda.
Volvió el pintor la espalda a las damas goyescas, de boca recogida como un c*****o de rosa, vestidas de blanca batista y con la cabellera peinada en forma de turbante, para concentrar su atención en una figura desnuda que parecía dejar en la sombra los lienzos cercanos, con el esplendor luminoso de sus carnes. La contempló de cerca largo rato, inclinado sobre la barandilla, tocando casi el lienzo con el ala de su sombrero. Después fué alejándose lentamente, sin dejar de mirarla, hasta que, al fin, acabó por sentarse en una banqueta, siempre frente al cuadro, con los ojos fijos en él.