«Me cargó en sus brazos, yo no era tan pesada ni tan alta, pero, aunque sea un suspiro de esfuerzo se le debió escapar cuando subió las escaleras hacia la habitación, sin embargo. parecía como si estuviera dispuesto a tenerme así por siempre, y a mí no me desagradó la idea. Me sentía segura en esos brazos desconocidos. Cuando recosté mi cabeza de su ancho pecho escuché el simpático aleteo de su corazón, que repiqueteaba al ritmo del mío. Me dejó sobre la cama con cuidado, se quitó la camisa y se subió sobre mí. Quería hablar, pero no podía, no era capaz de proferir un sonido diferente al de un gemido de satisfacción. Con sus manos comenzó a levantar el pliegue de mi suéter de lana, cada centímetro de piel que sus dedos tocaban despertaba aquel mar de sensaciones que no podía controlar.

