—Javier, ¿estás seguro? —Si, voy a pedirle el divorcio. —Tu familia, tus hijos, todo lo que tienes, ¿lo piensas lanzar por la borda? —¿Lanzarlo por la borda, yo? ¿Mis hijos? ¿Mi familia? ¿Qué familia, Amelia? ¿De qué familia me hablas? La rubia miraba con pesar a su amigo que estaba llorando en silencio mientras lanzaba piedras al lago, ella acariciaba su panza que estaba más grande que la última vez que se habían visto. El pequeño Santiago jugaba en el agua, era un niño muy inteligente y amoroso ante los ojos de Amelia, que lo quería como si fuera su propio hijo. —Santi, ¿qué tal si vamos por un helado? —Mamá dice que los helados dañan mis dientes —Santiago salió del agua y se sacudió—. Pero si quiero uno. —Entonces iremos por ese helado mi pequeño. Cualquiera que los viera de

