Juan Daniel tomó el teléfono y la llamó, una dos, tres, por poco y le hace un hueco al teléfono. Lía se arregló la ropa rápidamente y en medio de un llanto fastidioso, infantil e hipócrita se estaba arrepintiendo de lo que acababa de hacer. No era la primera vez que lo hacía, pues la rubia ya se había involucrado con un profesor de su primer semestre en la universidad, pero la gran, grandisima, gigantesca y descomunal diferencia era que ese hombre estaba divorciado y vivía completamente solo. Ella no midió las consecuencias de sus actos hasta que vio los ojos tristes, apagados, decepcionados y dolidos de Luciana. Se dio cuenta que le había arrancado casi la vida a esa mujer por su estúpida ambición. —Dis-disculpame, yo no pensé bien lo que hacía y… —Estás muerta mocosa. ¡Me importa un

