El cheque brillaba bajo la luz blanca de la oficina, como si su destino estuviera sellado en esas cifras imposibles.
Simone lo sostuvo entre los dedos, sintiendo la urgencia de la decisión que la había llevado hasta ahí.
Frente a ella, el abogado, un hombre de traje impoluto y gesto severo, la observaba con profesionalismo inquebrantable.
—Recuerda, a partir de ahora debes comportarte como una mujer casada —dijo, con tono medido—. Él no vendrá a buscarte, pero debes mantener tu reputación intachable por si el jefe llegase a necesitarte.
Simone asintió lentamente, pero por dentro… por dentro ardía.
Quiso reírse. Si tan solo supiera. Si tan solo entendiera que, por las noches, cuando las luces de neón teñían su piel de azul y rojo, ella bailaba en un bar porque un trabajo normal no alcanzaba para todos los medicamentos.
Que su dignidad tenía precio, sí, pero no tanto como la vida de su hermana.
—Lo entiendo —murmuró, guardando el cheque en su bolso con un cuidado casi reverencial.
El abogado inclinó la cabeza con aprobación.
—Me alegra escuchar eso. Su cuenta será monitoreada, así que evite movimientos sospechosos. No queremos escándalos.
«¡Escándalos!» Simone casi se atragantó con la ironía.
—Por supuesto —respondió con su mejor voz de mujer respetable.
El hombre se levantó, recogió su portafolio y le dedicó una última mirada inquisitiva.
—Buena suerte, señora.
“Señora”. La palabra la golpeó en el estómago. Apenas ayer era Simone, la joven que luchaba con uñas y dientes por sobrevivir. Hoy, era la esposa de un hombre al que no conocía.
Cuando quedó sola en la oficina, soltó un largo suspiro.
—Ya se me ocurrirá cómo solventar este pequeño problema —murmuró para sí, alisando su vestido antes de salir por la puerta.
La noche la esperaba.
Las luces parpadeaban, lanzando destellos dorados sobre la piel desnuda de Sasha.
La máscara, pequeña pero lo suficientemente misteriosa, cubría la parte superior de su rostro, dejando solo su boca descubierta, y sus labios carmesí curvados en una sonrisa misteriosa.
Su traje de pedrería brillaba con cada giro, con cada movimiento calculado para hipnotizar a la audiencia.
Los ojos de los hombres, fríos y hambrientos, la seguían sin pestañear.
Multimillonarios de trajes caros, luciendo sus relojes de lujo y copas de licor añejo.
Algunos sonreían con satisfacción, otros simplemente la observaban como si fueran dioses ante una ofrenda irresistible.
—¿Quién es ella? —susurró un hombre canoso al oído de su acompañante.
—Sasha. No se involucra con nadie. Solo baila.
—¡Todas tienen un precio!
—Ella no.
Sasha lo sabía. Lo escuchaba todo. Lo veía todo. Y aunque el dominio que tenía sobre esos hombres la divertía, también le recordaba que estaba caminando sobre una cuerda floja.
Giró sobre sí misma, arqueando la espalda, dejando que su cabello cayera como un velo de sombras.
El estruendo de los aplausos y el tintineo de las propinas cayendo en el escenario era su banda sonora.
Billetes de alta denominación se acumulaban a sus pies, pero ninguno de esos hombres podía comprarla.
No todavía.
Esa era la única condición.
“No te involucres con clientes”, había dicho su madre, con esa mirada severa que solo las mujeres que han sobrevivido a la vida pueden tener.
Sandra, su hermana, también lo había repetido.
—Solo baila, Sasha. Nada más.
Pero bailar no llenaba el refrigerador. No cubría todas las deudas. Las propinas ayudaban, sí, pero no eran suficientes. No cuando eran solo ellas tres contra el mundo: Simone, Sandra y Salomé.
Sasha bajó del escenario con la gracia de una diosa intocable. Pasó entre las mesas sin mirar a nadie, recogiendo discretamente el dinero que le dejaban. Los murmullos la seguían.
—Un día será mía.
—Tendrás que hacer fila.
Sasha sonrió. Si tan solo supieran.
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El aroma de la comida caliente se mezclaba con el fuerte olor a desinfectante del hospital. Simone caminaba a paso acelerado por los pasillos blancos y fríos, con una bolsa en una mano y una caja de bombones en la otra.
Su madre y su hermana pasaban más tiempo en ese hospital que en casa, y ella lo sabía demasiado bien.
Empujó la puerta de la habitación con el hombro.
—¡Llegó la cena! —anunció con una sonrisa, tratando de disimular el cansancio.
Sandra, apenas con 16 años y un cuerpo demasiado frágil para su espíritu fuerte, se incorporó con esfuerzo. Sus ojos brillaron al ver la caja de chocolates.
—¡Mis favoritos! —exclamó con entusiasmo.
Simone se rio, dejando la bolsa de comida sobre la mesita.
—Por supuesto, ¿qué clase de hermana sería si no te consintiera?
Salomé, sentada junto a la cama, le dedicó una mirada cansada pero agradecida.
—Parece que hoy te fue bien.
Simone asintió, sacudiendo su cartera sobre la cama. Billetes doblados cayeron como una pequeña lluvia de esperanza. Sandra los acomodó con esmero, como si fueran un tesoro.
—Mira todo esto, mamá. ¡Simone es la mejor!
Simone sonrió con ternura, pero su pecho pesaba. Si ella era la mejor, ¿por qué se sentía tan rota por dentro?
—Cuando me mejore, iré a bailar en ese bar también —dijo Sandra con una sonrisa traviesa.
—¡Ni loca lo permitiría! —Simone frunció el ceño, aunque la idea la hizo reír.
Sandra se encogió de hombros.
—Dices eso ahora, pero…
—No hay peros. Fin de la discusión.
Con un suspiro, Simone metió la mano en su bolso y sacó el cheque. Lo extendió hacia su madre, que lo tomó con incredulidad.
—¿Qué es esto?
—Lo que me dieron por el matrimonio falso.
Salomé la miró con los ojos llenos de algo más que agotamiento.
—Simone…
Pero su hija no le dio oportunidad de hablar.
—No me digas nada. Es mi hermana la que está en peligro. Así me tuviera que meter al fuego, lo haría.
Salomé la abrazó con fuerza, murmurándole un "perdóname" al oído.
—Fue Paola quien me contactó…
—No quiero saberlo —la interrumpió Simone—. Lo hecho, hecho está. Ahora debes hablar con los médicos para que inicien su tratamiento. Sé que no alcanzará, pero trabajaré duro y conseguiré el resto.
Sandra, que las miraba con ternura, le mandó un beso con la mano.
—Cuando sea grande quiero ser como tú, mi Simoneta.
Simone le revolvió el cabello con una sonrisa.
—Cuando seas grande, quiero que seas lo que tú quieras ser, mi niña. Pero por ahora, solo tienes que ponerte bien.
Sandra asintió, abrazando los bombones como si fueran un milagro. Y en cierta forma, lo eran.
Esa misma noche, el sonido de los pasos de Salomé resonaba en los pasillos del hospital mientras ella y Simone se dirigían a la oficina administrativa. El cheque temblaba en las manos de su madre.
Simone solo quería entregarlo, escuchar que el tratamiento de Sandra comenzaría de inmediato, y salir de allí. No tenía tiempo para más preocupaciones.
El médico encargado del caso recibió el pago con un asentimiento.
—Esto cubrirá el 60% del tratamiento —dijo después de revisar los números—. Podemos iniciar de inmediato, pero sin el monto completo, no podremos garantizar todas las sesiones.
Simone sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Cuánto tiempo tengo para reunir el resto?
El médico la miró con compasión.
—Un mes, como máximo.
«Un mes», pensó con pesar Simone y suspiró.