Simone caminaba detrás de él, furiosa. Cada paso que daba, pateaba una piedra o un trozo de hierba seca. Dmitri iba delante, como si nada. Como si no acabara de verla rodar colina abajo y no le importara. Él ni siquiera había preguntado si estaba bien. Claro, ¿para qué? Ella solo era su secretaria. Solo era su esposa por contrato. Un papel. Un trámite. Una sombra. Ni un poco de compasión, ni un mínimo de interés. —Maldito arrogante… —murmuró entre dientes, con el ceño fruncido. Mientras seguían avanzando, sus ojos se desviaron hacia la rama baja de un árbol. Ahí, escondido entre las hojas, vio un pequeño nido de avispas. De esas grises, pequeñas, con cuerpos delgados y patas largas. Las conocía. Eran los avispones de la tierra. Parecían inofensivas mientras no las tocaras, pero

