En aquel lugar donde terminan los mundos, el silencio llevaba siglos esperando compañía.
No existía el tiempo allí.
No había sol que anunciara el amanecer, ni luna que marcara el paso de las noches. No había estaciones, ni ciclos, ni cambio alguno que pudiera distinguir un instante de otro. Todo permanecía suspendido en una calma eterna, como si la existencia misma se hubiera detenido en ese rincón olvidado del universo.
Y sin embargo… no era oscuridad.
Sobre aquel plano se extendía un cielo vivo.
No era un cielo como el de los mundos mortales. No tenía estrellas fijas ni constelaciones reconocibles. Era una bóveda infinita de luz suave y palpitante, como si estuviera hecha de miles de pequeñas almas que respiraban al unísono. Destellos dorados, plateados y azulados se encendían y apagaban lentamente, iluminando el paisaje con un resplandor tenue, casi sagrado.
Era un cielo que no observaba.
Era un cielo que sentía.
Los antiguos lo habían nombrado de muchas formas.
El Umbral.
La Frontera.
El Lugar Entre Mundos.
Pero entre los ecos de las memorias más antiguas, había un nombre que persistía como un susurro imposible de olvidar:
El Umbral de los Ecos.
Un lugar donde todo lo que alguna vez existió… dejaba una huella.
Un lugar donde los recuerdos no desaparecían, sino que se transformaban en susurros, en fragmentos, en presencias invisibles que habitaban el silencio.
Allí se extendía un bosque imposible.
Los árboles eran gigantescos, más altos que cualquier torre levantada por manos humanas. Sus troncos, anchos y retorcidos por el paso de una eternidad sin tiempo, parecían sostener el propio tejido de la realidad. Sus raíces se hundían en la tierra luminosa como si buscaran alcanzar los cimientos de todos los mundos.
Sus ramas se entrelazaban formando una bóveda natural que apenas dejaba espacio entre sí, como si protegieran algo oculto en el corazón del bosque.
Entre ellos, el suelo florecía.
Miles de flores crecían en silencio, cubriendo cada rincón con una explosión de color y luz. No eran flores comunes. Cada una emitía su propio resplandor, como pequeñas estrellas nacidas de la tierra.
Azules como el cielo antes del alba.
Doradas como la última luz del día.
Violetas, carmesí, plateadas.
Sus pétalos vibraban suavemente, como si respiraran, como si cada una guardara un fragmento de magia antigua en su interior.
No había viento… y aun así, el bosque parecía moverse.
Una brisa leve recorría el lugar, suave, casi imperceptible, como el eco de algo que ya no estaba. No pertenecía a ningún mundo. No traía aroma alguno. Solo provocaba un leve susurro entre las hojas, como si el bosque hablara en un idioma que nadie recordaba.
En el centro de aquel paisaje imposible, se alzaba un árbol distinto a todos los demás.
Era más grande.
Más antiguo.
Más… consciente.
Su tronco era tan ancho que habría sido imposible rodearlo, incluso con decenas de brazos. Su corteza estaba marcada por vetas luminosas que se extendían como venas de luz, ascendiendo por su estructura hasta perderse entre las ramas.
Sus raíces atravesaban el suelo como si no pertenecieran únicamente a ese plano, como si conectaran con algo más profundo… algo que iba más allá del Umbral.
Las ramas se extendían hacia el cielo vivo, como si intentaran alcanzarlo.
Y de una de ellas colgaba un columpio.
Era simple.
Hecho de madera antigua, sostenido por cuerdas que parecían tan viejas como el propio árbol. No tenía adornos ni símbolos, pero había algo en él que lo hacía distinto… como si no fuera un objeto, sino un punto de encuentro.
Un lugar donde algo… o alguien… debía estar.
Durante siglos, el columpio había permanecido vacío.
Balanceándose lentamente con aquella brisa imposible.
Esperando.
Porque aquel lugar no estaba hecho para los vivos.
El Umbral de los Ecos no era un hogar, ni un reino, ni un destino final. Era un espacio intermedio. Un punto suspendido entre lo que es… y lo que deja de ser.
Un lugar donde las grietas entre mundos dejaban su marca.
Un lugar donde los sacrificios no desaparecían… sino que permanecían.
Y durante incontables eras, ese lugar había estado solo.
Hasta ahora.
Porque algo había cambiado.
Muy lejos de allí, en un mundo donde el tiempo sí avanzaba, el eco de un evento había atravesado las barreras de la realidad.
Un eclipse.
Una g****a.
Un sacrificio.
La magia había temblado.
Los mundos se habían estremecido.
Y en el instante en que la g****a fue sellada… algo no desapareció como debía.
Algo cruzó.
Algo cayó en el Umbral de los Ecos.
Al principio, fue apenas una vibración.
Una alteración casi imperceptible en el silencio absoluto.
Las luces del cielo vivo parpadearon por un instante, como si reaccionaran a una presencia desconocida.
Las flores detuvieron su tenue latido.
El aire… se tensó.
Por primera vez en siglos, el Umbral sintió algo distinto.
Presencia.
Una chispa.
No era oscuridad.
No era vacío.
Era… luz.
Una luz distinta a la del cielo, distinta a la de las flores. Una luz que no pertenecía a ese lugar.
Una luz que resistía.
En el centro del bosque, el columpio se detuvo.
Luego… se movió.
No con la brisa.
No con el ritmo habitual.
Se movió como si alguien lo hubiera tocado.
Como si una presencia invisible hubiera ocupado, por primera vez en siglos, el lugar que siempre le había pertenecido.
Y en ese instante… el Umbral de los Ecos dejó de estar vacío.
Muy lejos de allí, en otro mundo, un hombre despertó sobresaltado.
Su respiración era agitada. Su corazón latía con fuerza contra su pecho, como si intentara escapar. La oscuridad de la noche lo rodeaba, pero no era esa la que lo inquietaba.
Era el recuerdo.
El mismo sueño.
Siempre el mismo.
Un bosque que no conocía.
Un árbol imposible.
Un columpio que se movía en el silencio.
Y una sensación…
Una presencia que no lograba ver, pero que podía sentir.
Se llevó una mano al pecho, como si intentara calmar el dolor que lo atravesaba.
Porque no era solo un sueño.
Era ausencia.
Era pérdida.
Era el eco de alguien que ya no estaba.
O al menos… eso era lo que él creía.
En el Umbral de los Ecos, la luz volvió a latir.
Débil.
Inestable.
Pero persistente.
Como si se negara a desaparecer.
Como si luchara por mantenerse.
Como si… estuviera intentando regresar.
Y por primera vez desde que los mundos existían…
los ecos comenzaron a responder.
Porque cuando algo logra sobrevivir entre la luz y la oscuridad…
cuando una chispa permanece donde todo debería extinguirse…
el equilibrio se rompe.
Y aquello que habita más allá de los mundos…
siempre escucha.
El columpio siguió moviéndose lentamente.
Ya no estaba vacío.
Y el silencio… ya no estaba solo.