La alarma que había puesto para despertarnos estaba sonando tan fuerte que sentía mi cabeza retumbar. Dios mío, no dormí nada, cuatro horas no son suficientes para nadie y mucho menos para mí. Las chicas empiezan a soltar quejidos hacia los ladridos de la alarma y con la pereza a mil, estiro mi brazo y la apago. Siento como el peso del colchón disminuye, así que me imagino que Bea se levantó. Gracias a Dios. Me enrollo más con la sábana y vuelvo a cerrar los ojos, sintiendo como el sueño volvía a hacer acto de aparición en mí. Cuando estaba a punto de dormirme, mi móvil empieza a sonar de nuevo, pero esta vez era una llamada y sabía de quién por el ringtone. —j***r, Camile, apaga esa cosa de una jodida vez —murmura Sara molesta. Prácticamente temblando del pánico, agarro mi móvil y co

