Los dos se dieron un fuerte abrazo con la promesa de verse pronto y luego Marcos y yo nos abrazamos y nos dimos dos besos en las mejillas, pero ambos no estábamos conformes con despedirnos así. De nuevo el ingenio de Marcos afloró y dirigiéndose a mí me dijo: —Oye no quisiera irme sin hacerte un regalo. —No tienes por qué molestarte. — le contesté. —Si, me has tratado como a un rey y eso merece una recompensa. Acompañame a la tienda de regalos que está en la entrada y escoge lo que quieras mientras Quique, me hace el favor de facturarme el equipaje. ¿Sale? Quique, asintió encantado a su petición y yo muy contenta le acompañé hacia la tienda de regalos. Agarrados de la mano bajamos corriendo las escaleras mecánicas como dos colegiales que han hecho alguna fechoría. Llegamos a

