Un año había acontecido, el pequeño bebé de piel como la porcelana y ojos cerraditos estiró su boquita en una inocente sonrisa. Lee se quedó embobado mirando a su hijo mover las manitas y los pies animadamente dentro del porta bebés, entonces, con mucho cuidado alargó una mano hacia una de las manitos del pequeño. La criatura rodeó el índice de su padre con sus deditos e hizo el esfuerzo de tirar hacia su boca sin dientes para reconocer a su manera parte del entorno que lo rodeaba. Pero por precaución e higiene Lee prefirió no dejar que el bebé succionara su dedo, de modo que le ofreció entonces un juguete de goma blanda para que raspara sus encías allí. No recordaba haber tenido antes una experiencia tan cercana con un bebé, los miraba de lejos y no sentía necesidad de pensar

