Capítulo 46. El precio de las decisiones.

1707 Palabras

Esteban se quedó mirando el teléfono con incredulidad. Las palabras de Alberta resonaban en su mente como un eco perturbador: "Solo tú eres culpable de esto, de la muerte de tu hijo". Se quedó inmóvil, tratando de asimilar lo que acababa de leer, su cuerpo entumecido por la mezcla de horror y rabia que le sacudía el pecho. Durante unos segundos, apenas podía respirar. Luego, como si un resorte invisible lo impulsara, se levantó del sofá, comenzó a marcarle a Alberta, pero esta no respondió. —¡¿Qué carajos hizo esta mujer?! —inquirió volviendo a llamarla, sin embargo, obtuvo el mismo resultado—, ¡Maldita Alberta! ¿Acaso enloqueciste? —inquirió pasándose la mano por la cabeza en un gesto de desesperación. Incapaz de quedarse quieto, salió de la cabaña, dejándose empapar por la lluvia que

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