Esteban comenzó a desvestir a Rosella con delicadeza, besando cada centímetro de piel que quedaba expuesta. Sus manos recorrían su cuerpo con reverencia, como si estuviera adorando a una diosa. —Eres tan hermosa —susurró contra su piel, provocándole escalofríos que la estremecían de pies a cabeza. Succionó sus pechos con hambre mientras ella se retorcía de placer. El calor de su cuerpo era abrasador, y la cercanía desató un torrente de sensaciones en ambos. Esteban deslizó las manos hacia su cintura, fijando sus ojos en los de ella, profundos y llenos de deseo. —Rosella, no puedo ocultarlo más. Te amo con cada fibra de mi ser. Déjame ser tuyo y tú sé mía, aunque sea por este momento. Rosella respiraba con dificultad, incapaz de articular una respuesta. Su piel se erizó al sentir las m

