Esteban se levantó del suelo con un suspiro, y se dispuso a recoger los cristales rotos del suelo del baño. Lo hizo en silencio, tratando de ordenar no solo el desastre físico sino también el caos mental que lo consumía. Salió del baño, todavía con el rostro pálido y la herida fresca en la mano. Sin decir una palabra, miró a la cama donde estaba Alberta, quien solo fingía dormir, y salió de la habitación hasta la cocina, buscó el botiquín de primeros auxilios. Se vendó la mano torpemente, apretando los dientes mientras sentía el dolor punzante. Cuando terminó, regresó a la habitación, pero al entrar, vio a Alberta acostada de espaldas, aparentemente dormida. Esteban sabía que ella no estaba dormida en realidad, pero no quería enfrentarse a la inevitable conversación. La culpa lo carcomí

