La figura de la mujer en la puerta de Rosella era delgada, pero su presencia resultaba abrumadora. Había algo en sus ojos, una mezcla de súplica y culpa, que a Rosella no le inspiraba compasión. Si acaso, le provocaba enojo. Un enojo que bullía en su interior desde el momento en que la mujer había pronunciado las palabras: “Soy tu madre”. Rosella respiró hondo, tratando de mantener la compostura. Sus manos temblaban ligeramente, pero su voz salió firme cuando finalmente respondió. —Usted no es mi madre. No tengo madre. La mía me abandonó hace mucho tiempo, y ya pasó el momento en el que la necesitaba. Ahora, con permiso —dijo, dando un paso hacia la puerta y comenzando a cerrarla. La mujer, rápida como un relámpago, colocó el pie entre la puerta y el marco, deteniéndola. —Rosel

