Nuevo hogar

1332 Palabras
Estaba deslumbrada con los edificios de la ciudad. Eran iguales a los de las películas. Ahora estaba delante de la que sería mi casa en los próximos tiempos. Había conseguido alquilar antes de llegar, a través de una agencia, una habitación en un piso, compartida con otras dos personas. Por las fotos parecía agradable. Era la primera vez que iba a dividir casa con alguien más que mis padres y mi hermana. Los echaba de menos, a todos. Aún no habían pasado veinte y cuatro horas desde que llegué aquí y ya sentía mucho su falta. Suspiré y toqué el timbre. La señora de la agencia me dijo que alguien estaría para me abrir la puerta, y que después ya tendría una llave para mí. Tres toques después, la puerta se abrió y subí las escaleras hasta la primera planta donde quedaba el apartamento, maletas a cuestas. En la puerta esperaba una chica joven, vestida de hippie o por lo menos eso parecía. Tenía unas rastas en el pelo muy largas, marrón clarito, pero estaban muy bien cuidadas y le quedaban bien. Era guapa. Su rostro estaba adornado por un piercing en la nariz y en las orejas colgaban unos dilatadores enormes. Me acerqué a la puerta con una enorme sonrisa. —Hola. Debes de ser la chica nueva —me saludó antes de que pudiera decir nada—, soy Shanaya —abrió la puerta por completo y extendió el brazo para saludarme con un apretón de manos. —Hola. Sí, soy la nueva inquilina —contesté—. Me llamo Chiara. Encantada de conocerte. —Entra, entra —dijo, meneando la mano para que me adentrase. —Steven no está. Steven es el otro chico que ocupa la habitación en el fondo de la casa. Es fotógrafo. Está siempre liado con trabajo. O con algún ligue. No esperes verlo mucho —decía mientras me orientaba por el pasillo enorme. La casa tenía un aire un poco retro, pero estaba bien. Paró delante de una puerta a la izquierda del corredor que acabábamos de pasar. —Aquí es tu habitación —abrió la puerta y nuevamente hizo un gesto muy relajado y asertivo para que entrase. Entré en la diminuta habitación. —¡Uau! Parecía mayor en las fotos. —Fue lo único que pude decir cuando entré dentro de aquella caja de cerillas que llamaba mi cuarto. Dentro, nada más entrar por la puerta y delante había un colchón de matrimonio encima de una plataforma con rueditas, propia para colchones. La colcha era gris y probablemente de Ikea, porque era un patrón que podría reconocer en memoria. Bueno, la cama ocupaba, como decir, básicamente toda la habitación. Había como espacio para pasar de un lado y otro si te colocabas de lado, porque si fueras derecho, tus piernas no cabían. Al fondo, dos baldas hacían de mesita de noche y una larga lampara de pie, iluminaba toda la instancia. Había también otra balda, cerca del techo que bajaba un poquito, como si fuera una buhardilla, aunque era la primera planta. En ella estaban unos ocho cojines dispuestos en línea. Me quedé pensando quién necesitaba tanto cojín. Había dos más encima de la cama y las almohadas de dormir. Una moldura de un camino en un paisaje adornaba la pared verde pastel que hacía de cabecera. Las otras paredes eran de un amarillo suave. Había también una silla a mi lado cerca de la puerta, que más parecía una silla de jardín. Y lo bueno era la amplia ventana, típica americana, de estas que tienes que subir la parte de abajo hasta arriba para abrirla y, por ella se podía ver las largas ramas del árbol que había adornado la calle. Y era todo. —Tienes un armario aquí —entró y cerró la puerta. Y entonces pude ver que había dos puertas por detrás que daban para el armario. Shanaya lo abrió como si fuera una consultora inmobiliaria—. Es mayor que el mío, está muy bien. Tuviste suerte. La forma como lo dijo me hizo darle las gracias y sonreír con algún esfuerzo. No quería parecer mal agradecida y empezar con mal pie la convivencia. Al final solo serían seis meses y podría vivir con eso. Shanaya me quiso enseñar el resto de la casa. Dejé las maletas enormes en el pasillo. Ya encontraría forma de meterlas en la habitación, sabe Dios como. Al menos en la cocina era amplio, junto con el salón que estaba decorado de forma muy aleatoria, con muebles combinados de aquí y allí, muy retro style, pero me gustaba. Había un montón de cachimbos de fumar y la casa tenía un aroma extraño. Una mezcla de c******s con perfume fuerte. En la cocina había una mesa cuadrada donde podían comer cuatro personas y hasta el momento era la única que existía en toda la casa. Fui mirando todo el apartamento y llegué a la conclusión que podría sobrevivir. Creo. Shanaya me explicó todos los detalles de vivir en una casa compartida, las tareas de cada uno, todo. La mujer era una máquina de organización. Quizás la haya juzgado un poco al ver su apariencia, aunque estábamos en América y aquí la gente podría ir por libre. Mucho más que en Milano, donde las personas viven de y para apariencias. —Me ha dicho Helen —la mujer de la agencia—, que ibas a empezar a trabajar en un periódico. ¿Eres periodista o algo así? —Sí, acabo de formarme. Voy a trabajar en el Boston Entreprise Journal. Bueno, en la realidad haré unas prácticas, pero estoy muy entusiasmada y contenta por la oportunidad. —Lo bueno es que queda a solamente unas pocas manzanas de aquí. Casi podrías ir andando —ella encendió el calentador de agua para hacer un té. Vi cuando cogió dos tazas y por eso me senté en la silla de la cocina—. De todas formas, aunque Boston no es una ciudad particularmente peligrosa, tiene cuidado a andar por las calles, sola por la noche. Tienes metro muy cerca de aquí. O siempre puedes venir en autobús, como lo hago yo. O taxi. Sirvió los tés y me extendió uno de ellos. Agradecí. Era agradable tomar algo caliente en el frío intenso que hacía en esta época del año. —Y tú, ¿qué haces? Si no es abuso preguntar. —¡Qué va! Yo soy artista. Hago tatuajes. Tengo un pequeño estudio aquí en el barrio. Me viene bien vivir aquí cerca. —¡Uau! Que bien. Eso es fantástico. Tienes tu propio negocio, tan joven. —Sí, bueno, el estudio es compartido con otros amigos, pero hasta ahora nos va bien. ¿Tienes algún tatuaje? —me estaba inspeccionando con la mirada en el intento de encontrar algo de tinta en mi cuerpo, aunque iba llena de ropa y sería difícil. —No, nunca tuve oportunidad de hacerla. La verdad es que nunca pensé en eso. —Pues, no saldrás de aquí sin haber pasado por mis manos, guapa. Para que lleves un recuerdo de Boston, para siempre. —Puede ser, ya veremos. No te prometo nada —contesté con sinceridad. Ambas sonreímos y terminamos de beber el té en silencio. Al rato, acabé de arreglar mis cosas como pude en la habitación que ahora parecía un caos y demasiado llena, pero ya tendría tiempo de resolver eso. Terminé de rever algunas cosas del periódico, para estudiar un poco lo que me esperaba y me acosté temprano. Estaba agotada por el viaje. No quise ni cenar. Desde el pasillo podía escuchar voces riendo. Probablemente mi compañera de piso trajo algunos amigos a pasar la velada. Solo había un baño en toda la casa. Cuando pasé, antes, para arreglarme, pude oler ese aroma que sentí antes en el salón, pero más fuerte, a m*******a. No tardé un minuto a dormirme. Por la mañana, me esperaba una nueva etapa de mi vida.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR