La cafetería estaba tranquila a esa hora, con el sonido constante de la máquina de café y las conversaciones bajas de los pocos clientes que compartían el espacio con nosotros. Ella estaba sentada frente a mí, revisando su agenda con la concentración absoluta que siempre parecía poseer cuando se trataba de trabajo. Era muy trabajadora. Mientras ella pasaba las páginas y anotaba algo en su libreta, yo no podía evitar mirarla. Seguía maravillándome de cómo esa mujer había cambiado tanto mi vida, de cómo había logrado desarmarme y al mismo tiempo reconstruirme. Todavía no le había dicho nada de la casa. Recordé que una vez mencionó que odiaba las sorpresas, así que ahora me encontraba en un dilema. La casa estaba comprada, pero no quería arruinar el momento al revelarlo de la manera

