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¿Qué queda de la España
de eugene smith?
«No había música ni tabaco».
W. E. Smith
El Americano llegó a Deleitosa un año antes que el teléfono. Emergió de su coche, rodeado de burros y miradas de asombro; lucía un pelo del color de la cebada y desplegaba su cuerpo hasta alcanzar una altura insospechada en aquel pueblo de Cáceres.
A Primitiva, que tenía ocho años, aquella escena la pareció el comienzo de un cuento. Fue como un pase privado de Bienvenido Mr. Marshall (que se estrenaría tres años después): un hombre rubio y alto, que cargaba una enorme mochila, acompañado por una chica, Nina, que era tan rubia como él, pero que hablaba un español perfecto. Nina pidió a los niños que les enseñaran el pueblo y Primitiva intuyó que una aventura así no podía rechazarse; imaginó que la llegada de un americano suspendía las normas de comportamiento, las amenazas familiares, los códigos de buena conducta de una niña pequeña de pueblo. Se llevó al Americano corriendo por las calles para enseñarle todo lo peor que allí había, que ahora el pueblo ha cambiado mucho, ¿eh?, pero entonces estaba lleno de casas viejas y cosas feas, que es lo que el americano quería ver.
Los pequeños guías se ocuparon también de los detalles logísticos: buscaron una escalera para que el visitante pudiera hacer, desde lo alto, una foto en picado de la calle principal del pueblo. En la imagen se ve una pequeña plaza de tierra que se abre en dos calles sin asfaltar. Bajo un sol intenso resalta la iglesia, al fondo de la foto. Aparece el tío Carache montado en su burra, cargada de leña, junto a dos niños que juegan sentados en el suelo. Otros se guarecen al amparo de la sombra serrada de las casas; se dejan caer sobre paredes rematadas por tejados que parecen dentaduras mal dispuestas. Los burros vuelven al pueblo y, ante las puertas de madera de las casas, las vecinas conversan. Es mediodía, la hora de volver del campo y de pedir ajos prestados. Los aldeanos son siluetas planas y ennegrecidas, sin contornos, que enfatizan el blanco y n***o de la foto. También hay dos forasteros colocados como atrezzo. El Americano, para dar más vida a la fotografía, emplazó a su ayudante y a su intérprete en una de las dos calles.
A Primitiva le gustaba sentirse útil casi tanto como los caramelos que repartía el Americano. Y le tentaban los catorce duros, nuevecitos, como recién hechos, que recibió Juanito, el niño que saltó desde el coche en marcha del extranjero cuando recordó aquel rumor que decía que los extraños se llevaban a los niños para extraerles la sangre.
Ella se imaginaba a sí misma diciéndole a sus padres la misma frase que dijo Juanito: «Esto me lo ha dao a mí el Americano y esto no se lo doy a nadie». En vez de eso, Primitiva volvió a casa a las cuatro de la tarde sin dinero y con apenas unos caramelos. Extasiada por la novedad, había olvidado pedir permiso, y pagó su inconsciencia con hambre. Dos días sin comer, sentenciaron sus padres. Que comer en reunión familiar en un pueblo español hace casi setenta años era ineludible, Primitiva lo sabía. Era el momento más litúrgico de los engranajes que orquestaban una familia. El gran ritual era sencillo. El padre sacaba del bolsillo uno de sus más preciados objetos personales: la navaja (hierro, fuego, padre, descanso). Extraía lentamente la hoja del mango, con ceremonia, y se disponía a cortar el pan (trigo, molino, harina, trabajo). Y que no falte. El aceite (olivo, tierra, tinaja, oro) siempre cerca y el caldero (reunión, calor, familia, palabra) en el centro. Y Primitiva no vino a almorzar el 11 de junio de 1950.
No podía creer el Americano que el correo llegara a Deleitosa en burro, que la única bañera perteneciera al médico del pueblo, que personas y animales compartieran espacio y que el teléfono más próximo estuviera a doce millas. Ese hombre por el que castigaron a Primitiva sin comer se llamaba Eugene Smith.
* * *
A través de la embajada española en París, Eugene Smith había logrado lo que parecía imposible: un salvoconducto para entrar en España y realizar un ensayo fotográfico. Para conseguirlo, Smith no solo engañó al gobierno franquista. En una de las cartas que envió a su mujer dejó escritas sus intenciones: «Voy a intentar entrar en un pueblo español, y documentar hasta el máximo la pobreza y el miedo causados por Franco. He tenido que engañar a Life sobre que sabía algo de español. Espero que sea el ensayo más importante de mi vida». Cansado de retratar soldados durante la Segunda Guerra Mundial, Smith quería contar la otra historia: la de los civiles y los inocentes, los que padecían bajo el yugo del fascismo.
La mirada de Smith no sería la mirada de Franco: el Gobierno había promovido un tipo de fotografía pauperista que ensalzaba el valor de iniciativas como Auxilio Social. Con fotógrafos autóctonos controlados por la censura, la postal de pobreza era una estampa inofensiva y vacía de carga crítica. En las imágenes que difundía Auxilio Social hay una pobreza casi heroica; las de Smith muestran gente sucia, descalza y anclada en la fe. En un cartel de Auxilio Social la familia transmite fortaleza frente a la adversidad, subrayada con lemas como «En nuestra justicia está nuestra fuerza»; en las familias de Smith solo hay fragilidad y derrota: el hombre acomoda las alforjas sobre su burro con el rostro agotado y ennegrecido, la mujer lanza agua a la calle con una mirada lánguida y los niños se arrastran por el suelo descalzos.
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Los días que estuvo en Deleitosa habló poco. Tomaba notas sin descanso y por las noches volvía a dormir a Trujillo. Cuenta el actual alcalde que era un hombre que estaba sin estar y que tenía una gran facilidad para mimetizarse con la gente. A pesar de sus escasas relaciones, también sabía cómo conseguir una buena imagen y logró acceder a un velatorio, donde capturó la fotografía más famosa de su ensayo.
El mismo año que el fotógrafo americano se paseaba por las calles de Deleitosa, Miguel Delibes publicó El Camino. Siempre en el umbral de la censura, el vallisoletano trató en sus novelas el abandono del mundo rural. Delibes logró burlar la censura porque eso era lo que solía hacer: si no podía contarlo como periodista, lo contaba como escritor y las historias reales las convertía en ficción. Insistió mientras pudo y cuando le rozó la cola a la dictadura tuvo que convertir sus reportajes en libro. Así se gestó Las ratas, que publicó una década después. Eugene Smith tuvo que huir.
Pasado un mes aproximadamente desde su llegada, un día el Americano se despertó en Trujillo y decidió que no volvería a Deleitosa. Se lo dijo el cuerpo: «¡Corre!». Misteriosas siluetas habían comenzado a frecuentar Deleitosa y al fotógrafo le quemó un pellizco en el estómago. Aquella gente preguntaba por él. Cómo era. Qué hacía. En qué líos se metía. Sospechó que lo estaban investigando y estaba en lo cierto: el alcalde le había denunciado ante el gobernador civil.
Como el gato que agacha las orejas para hacerse pequeño y esconderse un poco en sí mismo, guardó en sus calcetines los carretes con más de mil negativos, colocó unos limpios en sus cámaras y nadie volvió a verle por el pueblo. Así fue como un hombre grande se hizo pequeño, tan insignificante como sus gafas diminutas en una cara tan amplia como la suya, y pudo volver a casa.
¿Qué habrían podido hacerle si hubiesen descubierto su paradero? Ellos: esos hombres que, cara al sol, seguían los deseos de Franco. No le habrían traído vino, como hizo aquel deleitoseño que lo halló enfermo en el campo. Tome, señor Americano, beba este vino y cúrese.
Sus dos leicas, con carretes limpios, lo acompañaron en su huida, desprendidas de todo recuerdo del pueblo extremeño: uno de los mayores testimonios gráficos de la posguerra española salió del país escondido en los calcetines del Americano. Los niños de Deleitosa volvieron a quedarse sin caramelos.
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«Spanish village», publicado en Life en abril de 1951, fue mucho más que un ensayo sobre la pobreza en España. Este detallado trabajo periodístico e incluso antropológico reflejaba la vida y la muerte de un pueblo español cualquiera en plena posguerra, pocos años antes del estallido del éxodo rural. Lo que el fotógrafo retrató fue el principio del fin de una forma de vida que había perdurado durante siglos y que después se esfumó en un puñado de décadas, sin paliativos ni anestesia. Comenzaba el fin de muchos pueblos, el abandono del campo. Las últimas mujeres enlutadas con velo, niños descalzos, velatorios domésticos y eventos religiosos: un mosaico que reflejaba la vida en la España rural de los años 50 y que Life consideró «entre la fe antigua y la pobreza». Una España que a Eugene Smith le pareció medieval.
«Spanish village» causó estragos incluso en la redacción de la revista. La mirada de Smith era un claro ataque a los intereses de Estados Unidos, cuyas relaciones con España apenas comenzaban con la firma del Plan Marshall, aún en el horizonte. El editor de Life no estaba dispuesto a cuestionar al nuevo amigo del gobierno de su país. El ensayo estuvo a punto de permanecer en un cajón para siempre, pero finalmente fue publicado y la revista vendió más de veinte millones de ejemplares en varias ediciones.
Eugene Smith no quedó contento con la selección de las fotografías: solo aparecieron diecisiete que para él no eran las mejores y no logró llevar a la portada su favorita, una imagen en la que una mujer abraza a su hija y que recuerda a la fotografía icónica que tomó Dorothea Lange durante la crisis de los años 30 en Estados Unidos. Life también tergiversó el reportaje a través de los pies de foto (el mismo recurso que utilizaría más tarde la dictadura franquista): la foto en la que aparece un cura rechoncho con enormes zapatos caminando con un bastón que no necesita y que amarra en actitud poderosa, casi amenazante, está acompañada de un texto que destaca las bondades del religioso. Es justo el mensaje contrario que quiso transmitir Smith. En sus fotos dio gran relevancia a la Iglesia y a la Guardia Civil porque ambas instituciones le parecían los brazos de la dictadura. Tanto en la selección de imágenes como en los pies de foto, Life habría fulminado la carga política de «Spanish village».
* * *
Dos meses después de que se publicara en Estados Unidos, «Spanish village» llegó a Europa a través de la versión internacional de Life. La primera reacción del gobierno fue censurar la revista en España. Después tuvo una idea más refinada y mucho más útil, casi sofisticada para un régimen construido a base de fusilamientos y lemas fascistas: utilizar las palabras para combatir las imágenes. Las palabras de Franco no serían las mismas palabras de Smith.
El gobierno supuso que, en un país empobrecido, analfabeto y aislado del mundo, nadie entendería un reportaje en inglés, así que decidió tergiversar la traducción de algunos pies de foto. La descripción original de la imagen de un niño recogiendo excrementos con una escoba es cuanto menos curiosa. A este niño, que entonces tenía cinco años, Smith le llama Lutero, un nombre que estaba prohibido en España por cuestiones religiosas. El niño se llamaba Eleuterio. Allí donde el original en inglés explicaba que «Lutero» recogía excrementos de animales para usarlos como abono, el gobierno franquista tradujo que los recogía para comérselos.
Comer mierda es una de las leyendas más extendidas de la Extremadura negra. Lo irónico es que no la gestó Eugene Smith ni con sus fotografías ni con sus palabras, sino la propaganda franquista. Algunos deleitoseños aún siguen creyendo la versión falseada.
Si una forastera pregunta en un bar por Smith, los parroquianos dirán que no saben quién fue. Que sí, que estuvo en su casa, pero bueno. Que no recuerdan nada. Callarán. Y entonces alguien dirá, señalando a otro vecino: «Ah, sí, este salió en una de sus fotos». Pero esa misma persona cambiará de tema, lo negará, insinuará que sí, que algún primo lejano apareció, pero que para hablar de Smith lo mejor será ir a otro bar.
En el bar de Agustín, decorado con fotos de «Spanish village», se abre un mundo nuevo. Aquí mujeres y hombres no se disponen separados. Todos comparten la barra, gritan por igual, disfrutan del domingo y sus voces eclipsan el reguetón que suena de fondo. Hablar de Eugene Smith aquí es girar la llave que abre un tesoro.
—Esa miseria de la que ahora muchos se avergüenzan era lo que había —recuerda Agustín—. Hay opiniones, y cada uno interpretará como quiera. Lo que está claro es que él vino a hacer un trabajo, a reflejar lo que había en España, en la España rural, que era miseria y pobreza. Hasta entre nosotros mismos, creo que ha habido ahí un miedo a sacarlo. Para mí montar este bar fue un gran riesgo y tuve que pensármelo mucho. Todavía una gran parte de la población no quiere ni oír hablar del tema de Smith. Es lo que inculcaron en la época franquista: ese miedo, ese silencio.
Nadie niega, ni sus incondicionales, que Smith ocultó los cables de la luz —aunque solo la mitad de las casas del pueblo tenían electricidad—; que buscó las peores esquinas; que hizo vestir de comunión a una niña que ya había comulgado, a pesar de que ya habían cortado su vestido para que pudiera reutilizarlo en verano y que puso a la Guardia Civil cara al sol para forzar una mueca de enfado. Ted Castle, el ayudante de Smith, aseguraba que los tres guardias civiles se quejaban constantemente del sol mientras intentaba hacerles la foto. El fotógrafo encontró la manera de tranquilizarles: le pidió a Nina que les explicara que ese gesto les hacía parecer más poderosos.
No buscaba la pose a menos que una representación expresara o exagerara lo propio del lugar y de la historia. Una «intensificación de algo que es absolutamente auténtico del lugar» fue la sofisticada fórmula con la que Smith justificó la foto de la mujer tirando agua de una palangana a la calle. Smith se lo pidió porque no era nada que no ocurriera a diario. Ni en Deleitosa ni en cualquier otro pueblo español. Ese día, infinidad de mujeres españolas lanzaron agua a la calle. Cuando un entrevistador le dijo que Cartier-Bresson nunca haría algo semejante, su respuesta fue rotunda: «Yo no inventé las reglas, ¿por qué debería seguirlas?».
—¿De toda la gente que hay ahora mismo en el bar, hay alguien que aparezca en esas fotos? —pregunto a Agustín señalando las paredes decoradas con las imágenes de Smith.
—No. Ya no vive casi nadie, y la única que vive, que es la joven de la foto del velatorio, se fue a Cataluña. El otro es el niño del bautizo, pero no sirve de nada preguntarle porque le estaban bautizando y no se va a acordar.
—¿Y los hijos de los protagonistas de las fotos?
—Espera… Se acaba de ir la que vio al Smith llegar al pueblo. Voy a echar un visual y si no anda muy lejos te la traigo.
Primitiva, la niña a la que sus padres castigaron sin comer, llega entusiasmada, dispuesta a contar todo lo que recuerda. Es una mujer alegre, de pelo corto; no le veo los ojos porque no se quita las gafas de sol.
Si en las fotografías de Eugene Smith las mujeres visten un riguroso luto y no sonríen, Primitiva, viuda desde hace dos años, viste de riguroso blanco y trae una sonrisa puesta de casa. Ella es la alegoría de que las cosas han cambiado.
—¿Y cómo me encontráis, tan mayor que soy?
Alegre. Salada. Dicharachera. Arreglada. Presumida. Abarrotada de joyas como si temiera otra posguerra o quisiera vengarse del pasado. ¿Puede ser el oro un amuleto contra la pobreza? Puede.
—Pero en mi casa no pasamos hambre, ¿eh? —aclara—. Yo no sé qué paso que al Smith lo denunciaron. Se tuvo que ir porque andaban enfadaos, porque es que estaba sacando to’ lo peor del pueblo, como si nosotros fuéramos tan pobres que nos alimentáramos, perdón, de las cacas de los animales. Era un año que había hambre en el pueblo, un año que no había mucho; pero comer, comíamos. Y claro, nos llevaba a las casas más malas, más feas, pa’ ponerlo.
A Primitiva no le gustaba su nombre, hasta que descubrió que se asociaba con la riqueza y que eso la dotaba de cierta omnipresencia.
—Vamos, que soy famosa con la Lotería. Y a mí que no me toca, oye. La revista se vendió como rosquillas y el Smith hizo ricos hasta a los nietos. Ya nos podría haber dao unos poquitos de dineros por haberlo acompañao —y estalla en una carcajada—.
* * *
Es la hora de la siesta. La canícula cae sobre una plaza desierta. Una anciana se lava los pies en una palangana junto a una fachada abarrotada de flores. Comparte rasgos con la hilandera de Smith: pómulos marcados, boca pequeña y ojos hundidos. Luce un vestido azul de flores y el pelo corto. Se muestra desconfiada y no parece que sea la única. El sonido de una persiana rompe el silencio del mediodía. Alguien baja las escaleras corriendo, se introduce en su coche y vigila la conversación. La anciana no recuerda al americano. No habla de Smith, pero baja la guardia, quizá más sosegada por la presencia del chico que sigue en el coche, escuchándonos con la ventanilla bajada.
—Ahora la cosa está fatal. No hay trabajo pa’ los jóvenes. Yo lo sé porque me entero cuando sale el parte. Si los que tanto tienen dieran algo, la cosa no iría tan mal —lamenta, con los pies dentro del agua.
Deleitosa, como cualquier pueblo español, ha sufrido el azote de la despoblación desde entonces. Hubo una primera ola de migraciones en los años veinte que se dirigió hacia Francia, concretamente a Orleans. Los estragos de la posguerra y la industrialización de las principales ciudades del norte fueron echando a la gente desde los años sesenta.
Smith conoció un pueblo de 2.650 habitantes que hoy se ha reducido a un lugar envejecido con 775 empadronados. No lo sabía, pero la Deleitosa que plasmó vivía su mejor coyuntura demográfica. El fotógrafo no fue el único que abandonó Deleitosa en aquella época. A Josefa Larrá, la joven que velaba a su abuelo, la foto del velatorio le cambió la vida. Tres años después de que se publicara, hizo la maleta. Como gotas que se escapan de una botella mal cerrada, así empezó a menguar el pueblo.