Beso a Nikanor como si mi vida dependiera de ello, con ganas, dejando a un lado el pudor y las reservas. Yo, sobre su regazo, tomo el control de este gesto que me está llevando al límite. Sus palmas calientes acarician mi espalda de una forma tan lenta y delicada, que me provoca cosquilleos y estremecimiento. Una ola de calor se extiende por todo mi cuerpo, efecto de la anticipación de cómo terminará este beso, por lo que temblores me van sacudiendo de a poquito, provocando ansiedad por hacer más que besar. —Te amo tanto, Nikanor... —balbuceo sobre su cuello antes de lamer toda la piel de allí, provocándole varios gemidos y que me apriete fuerte contra su cuerpo, donde la fricción de piel con piel y pecho con pecho se hace excitante hasta la locura. —Yo también te amo, Adelaida... Ni

