Capítulo 8

1039 Palabras
- ¿A mí?, preguntó sin entender nada y mirando a Daniel y a sus amigos que le miraban asombrados. - Será a mí, saltó Daniel. Yo soy su amigo de toda la vida. Debe de haber un error, será mejor que os volváis a preguntar a Ernesto y os lo aclarará. Él y yo hemos venido los dos solos esta noche, hemos estado en una crepería cerca de aquí y hemos decidido terminar la noche en esta discoteca porque aquel chico nos ha dado dos Flyers invitándonos a venir. A Bruno y a sus amigos les acabamos de conocer hace un rato cuando veníamos de camino a la discoteca. El policía se encogió de hombros para darles a entender que no tenía nada que añadir. Daniel miró hacía donde estaba Ernesto para pedirle ayuda pero decepcionado comprobó que ni les miraba. Disimulaba ignorando lo que estaba sucediendo allá abajo entre los policías y él. Ernesto hablaba animadamente con el chico. Los dos reían, ajenos a todo lo que estaba aconteciendo alrededor de ellos. - ¡Ernesto! Gritó enfurecido Daniel ¡Será cabrón! masculló entre dientes Daniel. Volvió a gritar una vez más para ver si había suerte: ¡Ernesto! ¡Ernesto! Pero Ernesto lo ignoraba. - ¡Ni se digna a mirar! ¿Cómo puede hacerme esto? le dijo Daniel a Bruno al borde de las lágrimas. De nuevo se sintió rechazado por los demás, no era la primera vez que lo dejaban de lado de esa manera tan cruel. Pensó que si fuera guapo como Bruno, su amigo Ernesto le habría elegido a él, no le cabía duda, estaba totalmente seguro. Pero lo que nunca se hubiera esperado es que su mejor amigo le hiciera pasar por esa situación tan humillante, delante de toda aquella gente que no conocían de nada. - Tiene que haber algún error, repitió Daniel a los policías no intentando perder la compostura. Daniel sentía como las venas se le salían del cuello del odio que sentía, no podía controlarse ya, estaba cansado de disimular en su vida. Miraba a Ernesto para ver si se percataba del problema que estaba teniendo pero Ernesto le seguía ignorando. A los dos se les veía encantados. - Si no viene usted perderá la oportunidad, amenazó el policía a Bruno mirándole fijamente a los ojos. Le damos un ultimátum: o viene con nosotros o nos vamos sin usted, decídase, estamos perdiendo ya demasiado tiempo aquí. La gente les seguía increpando. El ambiente se estaba poniendo muy tenso: o se retiraban ya los policías con Bruno y entraban a la discoteca o comenzarían todos allí a darse palos unos con otros. Bruno dio decidido un paso adelante aproximándose a donde estaban los policías y se puso en medio de los dos para estar más protegido. Los tres marcharon hacía la puerta de la discoteca donde se encontraba Ernesto. Esta vez Ernesto si giró la cabeza y se cruzó la mirada con Daniel pero rápidamente la apartó y la dirigió hacía Bruno y los dos policías que se estaban ya aproximando a donde ellos estaban. - ¡Cabrón! ¡Cabrón! gritó repetidamente Daniel con todas sus fuerzas pero las palabras volaron y no llegaron hasta Ernesto. Unas lágrimas le recorrieron la mejilla. No podía creer que su amigo fuera tan cruel y le estuviera haciendo pasar por esa humillación delante de todo el mundo. Se sentía tan decepcionado porque él creía que Ernesto era su mejor amigo y nunca le fallaría pero que tonto había sido por confiar en él. Con lo que le había apoyado a él... No se lo perdonaría jamás. Daniel estaba harto de que todos sus amigos lo marginaran en las fiestas, en los cumpleaños, en el instituto... siempre era excluido de todos los planes. Si tuviera otro físico, si no fuera gordito, si tuviera un cuerpo normativo y fuera tan guapo como Ernesto o Bruno, no le hubiera pasado eso y sería Daniel el que caminaría en medio de los dos policías ante la atenta mirada de todos los allí presentes. Bruno y los dos policías se abrían paso con dificultad entre la gente. Los insultos aumentaban y ahora la gente estaba más agresiva. Gritaban con mucha más fuerza. Ernesto se cruzó la mirada con Bruno y le sonrió. Desde lejos Daniel lo observaba todo con absoluta tristeza. Era él único que permanecía en silencio en medio de todo ese griterío. - ¿Pero cómo me puede hacer esto mi mejor amigo? se preguntaba dolido. Ernesto ya sólo tenía ojos para Bruno. Los policías subieron los escalones con Bruno en medio. Cuando llegaron arriba, los policías se retiraron a los lados y en medio quedaron Ernesto y Bruno. - Muchas gracias Ernesto por elegirme a mí. - Me has caído muy bien Bruno y es lo menos que podía hacer por ti. ¿Te parece bien si entramos a la disco? Bruno asintió con la cabeza y comenzaron los dos a andar. Daniel estaba observándolo todo desde lejos. Y de nuevo le brotaron las lágrimas. - ¡No me creo que estemos entrando a la discoteca! le gritaba Bruno a Ernesto. ¡Guau! ¡Esto es lo más tío! Comenzaron a andar por un pequeño pasillo que estaba repleto de policías y guardias de seguridad. Llevaban unos uniformes tan adheridos a la piel que no se podía ya distinguir lo que era la piel y lo que era el uniforme. Atrás habían dejado las largas colas para entrar a la discoteca. Aún se escuchaban las quejas de la gente por no poder entrar. Ernesto se había olvidado ya completamente de su amigo Daniel. Continuaron adentrándose en la discoteca. - ¡Tío que chulada!, gritó Ernesto sin dejar de mirar asombrado a su alrededor. La discoteca tenía forma circular y había sido construida al aire libre. El único techo que la cubría era el cielo que estaba completamente lleno de estrellas esa noche. Llegaron a una pista de baile que estaba justo en el centro de la discoteca. Alrededor había mesas con sillas alrededor, en las que charlaba animadamente la gente. Sobre cada mesa había encendida una vela. La música se oía a un gran volumen. Era una canción de Beyoncé. ✨✨✨✨
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