El sol bajaba con parsimonia, derramando oro líquido sobre los tejados de la ciudad. Las parejas caminaban tomadas de la mano por los parques húmedos, los cafés rebosaban de risas tibias, y el mundo parecía funcionar sin sobresaltos... excepto para Nahamac. Él no tenía prisa. Nunca la tenía. Paseaba con las manos en los bolsillos de su abrigo gris, mirando sin mirar, como si llevara siglos observando la vida pasar sin poder detenerse a vivirla. Nahamac, era un nombre muy antiguo, por lo que Mace quedaba mejor a este siglo de modernidad, aun así, Mace solo podía caminar como un zombie sin rumbo por todo lado. Mirando a su alrededor sin poder sentir una pizca sola de empatía. El amor no era para él. El odio menos. El compañerismo, solo una ilusión para un inmortal de casi un milenio de vida

