Donde las muertes descendieron a cazar pesadillas El cielo del Reino del Sueño se tornó rojo. No un rojo natural, ni el de los amaneceres tiernos o los atardeceres románticos. Era un rojo denso, vivo, como la sangre aún caliente que cubre un altar. Las nubes se abrieron en espiral, y desde su centro, un chillido se arrastró hacia abajo: los demonios de Verónica comenzaban su asalto final. Pero ya no estaban solos. Los Hijos de la Muerte habían llegado. Azazel, de pie frente a Silvia aún inconsciente, alzó la vista. Uno a uno, sus hermanos aparecían, surgiendo de portales negros como espejos rotos, cruzando los límites del sueño como si la realidad misma se doblara ante ellos. Shamael fue el primero. Su oz curva, herencia directa de Azrael, cortaba el aire y lo transformaba en vacío.

