La cerradura hizo un leve clic antes de girar. Azazel entró en el departamento con pasos más silenciosos de lo usual. No encendió ninguna luz. El suave resplandor azul del televisor iluminaba la sala con un vaivén tenue, como si el apartamento respirara. Y ahí estaba Silvia. Dormida en el sofá, encogida en una manta delgada. El cabello le caía sobre el rostro, enredado entre las mejillas y los labios. Azazel la observó en silencio. Por un segundo, estiró una mano hacia ella, como si quisiera rozarle el rostro… pero no lo hizo. La contención era nueva para él. Se sentó a su lado sin hacer ruido y desvió la mirada a la televisión. Una película vieja. De esas con efectos mediocres, violencia absurda y diálogos que harían llorar a cualquier guionista. Pero la misma que él había visto solo

