Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros, y el misterio de su confesión palpitaba en el ambiente. La conexión entre nuestras almas parecía fortalecerse, como si el destino mismo comenzara a tejer un hilo que nos unía de maneras que jamás habíamos imaginado. Anam era un joven apuesto, sus ojos café oscuro, que descreían perfectamente la tierra, su cabello encrespado y café, y su cuerpo atlético, justo como se imaginarían a un hombre fuerte como la tierra misma. Cada vez que lo veía, sentía que la naturaleza vibraba a su alrededor, como si el viento mismo se detuviera para admirarlo. Pero eso no lo era todo; su personalidad no dejaba nada que desear. Era simpático, juguetón, amable y carismático, el tipo de hombre ideal para muchas, incluso para mí si no tuviera ya a un hombre en m

