—Sí, ilustrísima. Nada más he salido solo del seminario una vez en mi vida, para ir a ayudar al padre Chas-Bernard a adornar la catedral el día del Corpus. — Optime! —dijo el obispo—. ¿Cómo? ¿Fue usted el que mostró tanto valor al colocar los plumeros en el baldaquín? Me estremezco al verlos todos los años; siempre temo que me cuesten la vida de un hombre. Amigo mío, llegará usted lejos; pero no quiero interrumpir su carrera, que va a ser brillante, matándolo de hambre. Y mandó traer galletas y vino de Málaga, a los que hizo los honores Julien, y más aún el padre de Frilair, que sabía que a su obispo le gustaba ver a los demás comer con alegría y buen apetito. El prelado, cada vez más contento con el remate de la velada, habló por un momento de historia eclesiástica. Vio que Julien no l

