Capitulo 2

2121 Palabras
Viernes 15 de febrero   Al principio fue interesante descansar de las responsabilidades académicas, dejar de ir a ese absurdo basurero para machos intelectuales. Sin embargo extraño mucho a las niñas de allá, de los jardines y de las calles que desde su inocencia no tratan de juzgarme por mi género o condición.   Es decir, por el género me juzgaban los machos y por mi condición, las niñas que van conmigo a la academia de danza. Es un poco inevitable que todo el mundo sepa quién soy, porque mi cara y mi voz habrá sido alguna vez expuesta en público así que esas niñitas siempre quieren competir por el dinero, la belleza, o los conocimientos y habilidades ¿Qué más da? A mí me gusta bailar y punto, no necesito más fama o atención que la que ya tengo pero aunque me aburrieron esos lugares (a los cuales mi padre insistía en que yo asistiera), al menos podía ver la ciudad.   Salir aunque fuera por obligación me permitía disipar un poco la tensión en la que vivo sumida. Qué mi única preocupación es estudiar dicen mis padres, pues no tienen ni idea de lo difícil qué es y más cuando eres mujer. En fin, he llegado al punto de aburrirme estando todo el día en mi habitación o el salón, aprendiendo lecciones que quizás son un poco más interesantes, pero solo no logro concentrarme aquí.   Olimpia dice que soy una niña muy rebelde aun cuando he hecho caso a todas sus peticiones. Por ejemplo, fui a ordenar mi habitación (la cual estaba realmente limpia), sin embargo descubrí bajo la cama un baúl con algunos tejidos que no había terminado y me llamó la atención uno de ellos, era una capa roja que realmente parecía acabada aunque tenía algunos hilos sueltos y colgando, simulaba estar bastante a la moda, por lo que me la medí y quede cubierta de pies a cabeza.   Mi hogar está a la altura de una montaña en Sabui, y mi habitación ubicada en el segundo piso, tiene una ventana de arquitectura algo clásica, con una especie de imitación de balcón que realmente no es más que unos 30 cm de tablas rodeados de barrotes decorativos, desde dónde puedo admirar gran parte de la ciudad de Tanba.   Al principio me fascinaba pero mi habitación por mucho tiempo lo ha dejado de ser una cárcel más cálida que una real (Aunque en Sabui hace mucho más frío que en Ariza por estar arriba de una montaña), me refiero al confort y la cercanía al hogar y a la familia que en mi caso también resultaban ser bastante frívola, por lo que ahora cuesta diferenciar este lugar con una verdadera prisión.   Entonces cubierta completamente con mi capa roja me asomé por aquel pequeño balcón y con dificultad para ver a través de la capucha, me incline sobre los barrotes contemplando la ciudad, cuando jugueteando e intentando mirar más al fondo hacia Ariza, me subí a uno de los barrotes usándolo como escalón, perdí el equilibrio y fui a dar hasta abajo de la montaña sobre la que se construyó mi hogar.   El estremecimiento que atravesó mi cuerpo fue más por el susto que el golpe por la caída y por haber salido de mi casa. Si hubiera hecho esta salida de una manera ortodoxa, Olimpia jamás me hubiera permitido salir, por lo que luego de casi resucitar después de aquel golpe me hallé aterrada ante la libertad.   Había huido un par de veces de algunos institutos en búsqueda de algunas aventuras que hicieran sentir vivo mi corazón, en búsqueda de mis verdaderos intereses; pero nunca había huido de una responsabilidad o una orden de Olimpia, por lo que asustada y confundida corrí colina abajo sin ser consciente de la importancia de llevar aún la capa puesta.   Tenía bajo la capa un vestido para estar en casa y unas baletas con una correa sobre mi pie, que no eran tan incómodas como los tacones, pero seguro no estaban diseñados para correr. Era algo incómodo traer la capucha encima de mis vestidos, pero creía que sería aún más estorboso en mis manos.   Realmente no sé a dónde quería llegar, tenía miedo entrar a casa en esas condiciones y no sabía cómo volver a entrar por la ventana, así que mi impulso de momento se transformó en verdadero miedo, cuando me encontré con algunos vecinos que miraron hacia mí con pavor y gritaron pensando que era algún tipo de ladrón, por lo que corrí aún más asustada creyendo que pudieron ver mi identidad, bajé por los caminos de piedra hasta salir de Sabui, dejando de sentir los fuertes ventarrones, dejando atrás las casas todas blancas con tejados marrones y los árboles bien colocados en los antejardines, todos de la misma especie.   En un ambiente un poco más cálido tome aire para recuperar el aliento, viendo como pasaban por mi lado personas sin siquiera mirarme, quizás por miedo o más bien por poco interés, pues ya estaba lejos de la zona de ricachones y ya cerca a los campos de arroz característicos de la ciudad, pude recorrer cada vez con menos cautela y protegida por mí capa roja algunos lugares cercanos a Sabui.   Regresé a casa en la tarde y esperé oculta tras un árbol que Olimpia saliera para tratar de encontrar una manera de entrar, sin embargo fue sencillo usar la puerta principal una vez que la casa estaba despojada. A su regreso me ha preguntado por qué no había respondido a su llamado de la hora del té, por lo que inventé haber estado dormida.   ***   Jueves 28 de febrero   Una vez más he podido recorrer las calles de mi amada ciudad Tanba. Atravesé los pasillos de las plazas escondida bajo una capa que cubría desde mi cabello rubio recogido en una trenza, hasta mi viejo vestido de la infancia que ya deja al descubierto mis tobillos, pero que es más ligero y fresco para llevar con la capucha. Allí los grandes, clásicos y coloniales edificios color crema, generan sombra a través de los estrechos pasadizos, lo que da una sensación tenebrosa y hasta mística de esa zona. Si no fuera por la calidez de sus habitantes y vendedores ambulantes, Ariza, la zona de plazas y mercados al sur de Tanba, sería un lugar solitario y desolado, además de ya ser un lugar muy pobre.   Como el fuerte sol solo logra hacer penetrar sus rayos sobre Ariza en torno al medio día, es común ver personas cubiertas por capas, capuchas, ponchos y otros grandes ropajes; por eso las personas cubiertas hasta la cabeza a las afueras de Ariza suelen ser tomadas como como posibles vándalos pobres, ladrones y problemáticos, asociando la pobreza directamente con la delincuencia. Sin embargo de ese lado de la ciudad es parte de la cultura, así que dentro de esos pasadizos nadie suele sospechar sobre mi verdadera identidad.   Aunque por supuesto mi aspecto infantil nunca ha pasado desapercibido en las horas escolares como hoy a las diez de la mañana, cuando un hombre alto y delgado con voz directiva preguntó a mis espaldas por mi nombre y mis padres. De inmediato identifiqué aquel tono de voz y en mi menté se dibujó el rostro de uno de mis profesores del instituto al cual asistí hasta hace cerca de una semana. Traté de apresurar el paso pero frené en seco al notar silencio alrededor porque el asunto había captado la atención de los lugareños de la plaza central, un lugar amplio construido en unos clásicos ladrillo color crema como la mayoría de las construcciones del área y uno de los únicos lugares que siempre lucía soleado por la ausencia de altos y amontonados edificios. No podía decirle mi nombre real, así que volteé a mirar a mí alrededor buscando alguna forma de salir de esa situación sin llegar a ser castigada.   La gran capucha sobre mí cabeza no permitía ver mis rasgos faciales, pero yo si lograba ver la preocupación en el rostro de los mercaderes. Entre la desesperación, llegó a mis ojos una bellísima planta a un costado de un puesto de ventas que me inspiró. –Me llamo Jade— afirmé con seguridad. Sabía que después de eso vendrían más preguntas a las cuales debía inventar más excusas, y puse a trabajar rápidamente mi cerebro mientras miraba a mí alrededor en busca de ideas. —No has terminado de contestar mis preguntas —dijo en un tono agresivo el hombre— ¡Y mírame cuando te hablo! —Añadió mientras tomaba bruscamente mi brazo. Acorralada en esta situación, pensé en renunciar a mis escapadas diarias y confesar la verdad, pero tenía miedo al castigo que podría recibir por ello.   ¡Zas! Y cayó el hombre de espaldas dejando al descubierto un grupo de muchachos armados con palos y capuchas. — ¡Corre!— Y dejando de espaldas un revuelo de gritos en la plaza central de Ariza y un hombre desmayado por el golpe, corrí hacia ningún lado persiguiendo a ese grupo de chicos que se movían con tal agilidad y velocidad que me costaba seguir y en cuestión de algunos pocos segundos se fueron dispersando a través de los pasadizos del barrio. Sólo quedaba en marcha aquel muchacho que asestó el golpe en la plaza, frenó en seco y me detuve justo después de él en una esquina solitaria, ya muy lejos de los mercados callejeros. Se giró aún cubierto con la capucha y dijo con una voz juvenil y agitada —Si no sabes cuidarte sola, quizás es mejor que no te escapes del palacio donde te mantienen presa— se giró sin mediar ninguna otra palabra y siguió su camino mientras yo me quedé congelada sin saber cómo había descubierto quién era yo.   Caminé un poco perdida por los pasadizos que ya no pertenecían a la zona de Ariza y que desconocía por completo. Las edificaciones se veían un poco más modernas y eran de un color entre blanco y gris, pero la zona seguía constituida por construcciones altas y rejuntadas dando origen a estrechos y solitarios pasillos. Mi corazón latía rápido por el miedo y la confusión hasta que logré salir a los campos de arroz que separaban las dos grandes zonas de Tanba: Ariza de Sabui. Allí empezaba la colina en donde cada vez se sentía menos la fuerza del sol y golpeaban más los fuertes vientos.   Las personas de esa zona, de mayor rango social por cierto, suelen llevar capas sin las capuchas puestas u otros sacos y suéters que parecen aportar mayor elegancia y finura a la vestimenta, así como restan ese aire misterioso lleno de peligrosidad que otorgan las capuchas que ocultan el rostro. Así que por esas zonas camino más intranquila con o sin capucha ante la posibilidad de ser señalada y atrapada. (Aunque después del incidente de hoy es probable que me sienta igual en Ariza).   He vuelto a casa en completo sigilo, pero con la sensación que bajo mi capa mi identidad no estaba protegida. Todos los ciudadanos y habitantes de zonas cercanas a Tanba están escandalizados por el hecho de que una niña llamada Jade ande por las calles acompañada de niños vándalos y por supuesto mis padres no son la excepción. Dicen que por ahora es mejor que yo deje de asistir a todos los eventos y mil normas absurdas más, como si ya no me hubieran cohibido bastante de la vida exterior. No se les ocurre que tienen aquel peligro encerrado en casa.   Mi habitación hace mucho tiempo se volvió una prisión, una amplia, llena de lujos, pero con ausencia de todo lo que el exterior puede darme, el calor del sol, el viento de las colinas, el flujo del agua del lago Mizú, la risa de los niños en las afueras soleadas de Ariza. ¿Por qué no puedo salir y hacer una vida normal? La vida de una mujer nunca será normal, siempre está lleva de responsabilidades que nadie más quiere cargar, en especial cuando eres la hija del gobernador.s, como si ya no me hubieran cohibido bastante de la vida exterior. No se les ocurre que tienen aquel peligro encerrado en casa.   Mi habitación hace mucho tiempo se volvió una prisión, una amplia, llena de lujos, pero con ausencia de todo lo que el exterior puede darme, el calor del sol, el viento de las colinas, el flujo del agua del lago Mizú, la risa de los niños en las afueras soleadas de Ariza. ¿Por qué no puedo salir y hacer una vida normal? La vida de una mujer nunca será normal, siempre está lleva de responsabilidades que nadie más quiere cargar, en especial cuando eres la hija del gobernador.
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