Capítulo trece: El deseo incomprendido de un músico. Hendry 26 de agosto. —Eran dos minutos—susurro con las mejillas ardiendo y la mirada desenfocada, Livia gime y me mira con deseo, sin poder contener la reacción que han robado mis labios de ella. Esta mujer prepotente, audaz y dura, se derrite con facilidad por un par de besos. Sus ojos brillan con tal intensidad, que me hace dudar de mi cordura. No puedo creer lo que estoy viendo, no tiene sentido esta reacción. No cuando todo lo que conseguido de ella durante meses, son nada más comentarios mordaces, indiferentes y duros. Todos cargados por una sinceridad tan dura y real, que preferí ignorar. Ver el deseo y a lujuria en sus ojos no tiene sentido, pero es tan excitante y refrescante darme cuenta de que aún puedo provocar de

