Julian estaba semidormido, el suero corriendo. Sus últimas palabras, "Es el único que estuvo con mi padre la noche que murió," crearon un silencio atronador. Yo lo miré, mi mente retrocediendo al convento, a los años que me moldearon.
El Convento de Santa Ágata no era un refugio común como los otros, era una maldita incubadora. Yo llegué aquí a los diez años, después de que mi padre, un pequeño traficante de joyas en el sur, quedara arruinado por una mala negociación con los capos. Las monjas, lideradas por el Padre Mateo, no me enseñaron la fe, me enseñaron la supervivencia.
Recordé las frías clases de latín y contabilidad, donde Mateo me instruía a solas. “El poder, Agustina, es la información que otros no se atreven a escribir.”
Mi familia no pagó su deuda con dinero. La pagó conmigo. Mateo negoció mi salida del convento directamente con Abietti, presentándome como una "joven ambiciosa y bien educada." Fui un caballo de Troya enviado al Palacio Vermilion. Mi matrimonio no fue un contrato de amor, fue una transferencia de deuda.
Yo sabía que la Iglesia y la mafia eran dos caras de la misma moneda. Los templos administraban el miedo espiritual, el Palazzo administraba el miedo físico. Y Abietti, con su megalomanía, no solo robó el arte de los Conti, sino que robó la vida de otros, estúpido gordo.
La pieza que faltaba encajó. El envenenamiento. El Retablo robado. Luca Rossi. El hijo perdido. Y el único testigo.
El único que estuvo cerca de Abietti esa noche y que desapareció inmediatamente después, dejando solo a Nicolás, la "rata" asustada, como testigo del "traje manchado"...
—Pietro —susurré. El nombre era casi un lamento.
Pietro. El joven de limpieza. Un chico callado, criado en el Palazzo casi como un hijo adoptivo para el servicio, que había crecido jugando con Nicolás. Abietti lo trataba como una sombra, pero siempre lo mantuvo cerca. Se esfumó después del funeral, sin despedirse. Todos pensamos que huyó por miedo.
—Pietro es el hijo de Luca Rossi —declaré, mirando la pálida frente de Julian.
—Sí —confirmó Julian, apenas audible, pero con una certeza que cortaba el delirio.
—¿Por qué? ¿Por qué Abietti lo robó?
—Porque Abietti era un ladrón de legados. Robó el arte de su madre y robó el hijo de su enemigo, Rossi. Una venganza personal antigua. Pietro creció en nuestra casa como un sirviente... la humillación máxima para Luca Rossi.
—Y Luca Rossi busca a Pietro, no solo venganza —dije.
—Sí —asintió Julian, sus ojos fijos en el techo—. Pietro lo vio. Creo saber que vio quién envenenó a mi padre. Por eso desapareció. Y por eso Luca Rossi no ha atacado Venecia. Lo necesita vivo.
Agustina sintió el golpe final. El misterio no era quién mató a Abietti, sino dónde estaba el testigo.
—¿Dónde está, Julian? Tienes que decírmelo. El Padre Mateo lo venderá.
Julian respiró profundamente. El esfuerzo era casi demasiado.
—Mi madre... antes de morir... ella me dio una dirección. Un lugar seguro, fuera de la Famiglia. Ella me dijo, "Si alguna vez quieres desaparecer, ve donde empecé."
—¿Y dónde empezó?
Julian sonrió, una mueca dolorosa y reveladora.
—Lisboa. Portugal. El país natal de mi madre. Pietro está allí. Y yo sé exactamente dónde escondería mi padre a un testigo clave.
Agustina se levantó. El plan de ir a Venecia se había desvanecido. Teníamos el trofeo de arte de los Conti ,la pieza de Palermo, y ahora teníamos la clave para el heredero de Luca Rossi. Dos jugadas maestras en nuestra mano.
Fui al claustro a buscar a Mateo.
—Padre. Olvide Venecia por ahora —dije, con la voz templada por la nueva información—. Necesito su red de contactos y transporte, no a Salerno, sino a Lisboa, Portugal.
Mateo levantó una ceja, su rostro inexpresivo.
—¿Lisboa? Un desvío caro, Agustina. ¿El precio?
—El precio es la ubicación exacta del hijo de Luca Rossi. Pero solo se lo daré a usted cuando estemos en el avión. Si me traiciona, esa información desaparece conmigo. Y usted pierde la lealtad eterna del padre más poderoso de Roma.
Mateo me miró con una nueva admiración. Había encontrado a su igual en la traición.
—El avión estará listo al amanecer, Agustina.