Perdidos en el deseo, se besaban con intensidad, la pelinegra en algún momento le había arrancado la camisa besaba su cuello y dejaba pequeñas mordidas en sus anchos hombros, con sus inquietas manos suaves y delicadas acariciaba todo su fornido torso, desde su pecho hasta la pelvis ,donde se perdía esa marcada V , por el arduo ejercicio. Carlos dejaba que la pelinegra jugara con su cuerpo, le encantaba sentir sus pequeñas manos sobre su piel. Llegó a la orilla de su pantalón, levantó la mirada ,conectando sus hipnotizantes ojos marrones con los de él, se mojó sus hinchados y rosados labios por los apasionados besos, para después desabrochar el pantalón. Con una mirada juguetona se alejó de él, dándole la espalda comenzó a caminar sensualmente hacia la cama, la manera de contonear sus

