|Loreley Vitale| Sonrío mientras extiendo la mano, admirando cómo luce el anillo de rubí que Oleg me ha regalado. Es precioso, con una piedra grande y brillante que reluce con cada movimiento. —¿Lo elegiste para mí? —pregunto emocionada—. ¿De verdad? —Claro que sí. ¿Te gusta? —¡Muchísimo! —lo abrazo con entusiasmo—. No me lo voy a quitar nunca. Siento como si estuviéramos casados. No dice nada. En lugar de responder, desvía la atención hacia su teléfono. Ese gesto me molesta más de lo que debería. Quisiera que reaccionara, que me contestara con la misma emoción. ¿Y si le dijera que ya no lo amo? ¿Me ignoraría igual? —Oleg —coloco mi mano sobre la suya, obligándolo a mirarme—. Necesito decirte algo... —Señor —alguien golpea la puerta y gruño—. Su hermano, el señor Massimo, está aquí

